Con “El libro de las hermanas”, Amélie Nothomb vuelve a su especialidad: retratar lo extraño en lo cotidiano, lo doloroso en lo aparentemente normal. Esta novela breve —pero densa en matices— es una fábula moderna sobre la infancia, los vínculos familiares y el peso brutal que pueden tener la indiferencia, la ausencia emocional y, por supuesto, las palabras… o su falta.
La narradora es Tristane, una niña que, desde el mismo momento en que nace, comprende que no es el centro de nada. Sus padres, Nora y Florent, están enamorados el uno del otro con tal intensidad que el mundo —y sus hijas— pasan a segundo plano. Y si eso suena egoísta, es porque lo es. A Tristane no la maltratan, ni la castigan, ni la rechazan activamente: simplemente la ignoran. Pero ese vacío, ese “nada”, se instala como una herida profunda que lo contamina todo.
Cuando nace su hermana Laetitia, Tristane se aferra a ella como quien se cuelga de un salvavidas en mar abierto. La quiere con la ternura feroz de quien nunca recibió amor, y decide ser para ella lo que sus padres nunca fueron para ninguna. El amor fraternal suple, en parte, la carencia original. Pero no sin consecuencias.
Con su estilo irónico, lúcido y cortante, Amélie Nothomb disecciona las relaciones familiares sin compasión ni moralismo. La figura del padre, por ejemplo, es una joya de absurdo y crueldad disfrazada de razón: llega a sentarse ante la cuna de su hija recién nacida para explicarle que no debe esperar demasiado, que ellos no piensan cambiar su forma de vida. Un discurso para una bebé. Puro teatro del sinsentido que haría reír si no doliera tanto.
“El libro de las hermanas” también pone el foco en el lenguaje. Ese momento mágico y definitivo en el que un niño empieza a hablar, a ordenar el mundo con palabras, a entrar en el terreno simbólico que define nuestra humanidad. Para Tristane, el lenguaje es una conquista, una forma de afirmarse en un mundo que no le ofrece espejos donde reconocerse. Y cuando esa voz surge, no lo hace desde la inocencia bobalicona, sino desde una inteligencia precoz, irónica, incómoda.
Amélie Nothomb juega con una voz narrativa que acompaña a la protagonista desde que nace hasta la adultez, siempre impregnada de lucidez y sarcasmo. Es ese tono —entre la ternura herida y la comedia negra— el que sostiene “El libro de las hermanas”. Porque la historia es dura: hay abandono emocional, trastornos alimenticios, aislamiento, familias disfuncionales que se creen ejemplares. Pero el tono jamás se vuelve melodramático. Más bien muerde.
“El libro de las hermanas” se lee de un tirón. Son unas 170 páginas que, con el generoso espaciado habitual de la autora, se sienten como un suspiro… o como una bofetada breve pero bien dada. Los que ya conocen a Amélie Nothomb sabrán que con poco dice mucho. Y los nuevos lectores pueden encontrar aquí una entrada perfecta a su universo: ácido, agudo, y profundamente humano.
“El libro de las hermanas” no es una historia sobre el maltrato tradicional, sino sobre algo más sutil y a veces más devastador: la indiferencia. Y deja claro que no basta con no hacer daño. A veces, simplemente no estar… es lo que más duele.
Amélie Nothomb (Kobe, Japón- 1967) es una escritora belga en lengua francesa, elegida miembro de la Real Academia de la lengua y de la literatura francesas de Bélgica. Proviene de una antigua familia de Bruselas, ciudad en la que reside actualmente, aunque pasó su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, principalmente en China y Japón, donde su padre fue embajador.
Desde su primera novela, Higiene del asesino, se ha convertido en una de las autoras en lengua francesa más populares y con mayor proyección internacional. En 2006 recibió el Premio Cultural Leteo por el conjunto de su obra, y en 2008 el Gran Premio Jean Giono, asimismo por el conjunto de su obra. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
