Stephen King no necesita monstruos para asustar. Le basta con mirarnos al espejo. Y “Camina o muere” —su novela de 1979, ahora adaptada por Francis Lawrence— demuestra que el verdadero terror no está en los fantasmas, sino en los sistemas que nos obligan a devorarnos unos a otros mientras creemos que estamos compitiendo por la gloria.
Francis Lawrence, que ya demostró su pericia en mundos distópicos con Los juegos del hambre, firma aquí su película más desesperanzada y precisa. Con un guion de JT Mollner, logra una adaptación que no traiciona el espíritu de Stephen King: la de un mundo podrido que disfraza la crueldad con discursos de mérito y sacrificio. No hay moraleja optimista, ni concesiones al confort. Hay polvo, sudor, miedo… y una caminata que parece no tener fin.
El planteamiento es simple y brutal: en unos Estados Unidos posguerra civil, el gobierno organiza cada año una caminata en la que cincuenta chicos deben avanzar sin detenerse. Bajar el paso tres veces significa una bala en la cabeza. Solo uno llega vivo al final, recompensado con riquezas y un deseo. En teoría, es un homenaje al esfuerzo; en realidad, es un reality show fascista.
Cooper Hoffman (sí, el hijo de Philip Seymour) interpreta a Ray Garraty, un joven con más conciencia que coraje, que pronto encuentra en Peter McVries (David Jonsson) un aliado improbable. Entre ampollas, disparos y delirios, ambos descubren que la verdadera amenaza no está en el suelo que pisan, sino en el sistema que los utiliza como entretenimiento nacional.
Mark Hamill, irreconocible, encarna al Mayor: un villano carismático que mezcla el sadismo con la sonrisa de un presentador de concursos. Su presencia basta para recordarnos que la autoridad no necesita argumentos, solo aplausos.
“Camina o muere” podría haber caído en la monotonía de ver a cincuenta chicos caminar, pero Francis Lawrence convierte esa rutina en un descenso hipnótico a la locura. Cada paso duele, cada conversación parece una despedida. La cámara se queda con ellos, sin escapar al confort del espectador, haciendo del silencio y los jadeos un lenguaje propio. Es una experiencia sensorial y moralmente agotadora.
El guion no siempre esquiva el cliché —al principio, algunos diálogos suenan forzados—, pero conforme avanza la caminata, las máscaras caen y el tono se afila. Hay momentos de ternura inesperada, incluso de complicidad entre Ray y Peter, que el filme sugiere con sutileza y humanidad. En un contexto donde la empatía es un crimen, el afecto se vuelve subversivo.
Visualmente, “Camina o muere” es una maravilla triste: tonos ocres, cielos vacíos y una fotografía que parece robarle el color a la esperanza. La música apenas susurra, como si no quisiera interrumpir la marcha hacia el abismo.
“Camina o muere” no busca complacer, sino incomodar. Es una parábola sobre la obediencia, la masculinidad tóxica y el espejismo del éxito. Francis Lawrence no adapta a Stephen King: lo entiende. Y en esa comprensión está su mayor logro. Porque al final, lo más terrorífico no es que los chicos sigan caminando. Es que nosotros también lo hacemos. Obligada. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
