En “Duelo”, el guatemalteco Eduardo Halfon vuelve a su territorio literario favorito: ese en que la identidad se tambalea entre la verdad y la invención. Lo que empieza como una indagación familiar —la historia del niño Salomón, supuesto tío ahogado en un lago de Guatemala— se transforma en una búsqueda mucho más profunda: la de los orígenes, las heridas heredadas y las mentiras que sostenemos para seguir adelante.
Con poco más de cien páginas, “Duelo” parece un libro mínimo, pero está construido con precisión de relojero. Cada frase late con intención. Eduardo Halfon combina la tersura de un relato íntimo con el trasfondo turbulento de una Guatemala desgarrada por la guerra y el clasismo, y con la sombra larga del exilio judío europeo. Entre esas capas, la historia del niño muerto —o no tan muerto— funciona como detonante, como metáfora del silencio familiar y del duelo colectivo.
Eduardo Halfon maneja el misterio con destreza, no para resolverlo, sino para hacerlo crecer. Lo que parecía un simple accidente infantil se convierte en una grieta por donde se cuelan las preguntas: ¿quiénes somos cuando la memoria miente?, ¿qué hay de verdad en las historias que nos contaron?, ¿y qué tanto nos importa si al final la mentira también nos define? Eduardo Halfon responde sin responder, y ese es su mayor acierto.
Aunque muchos lo encasillan en la autoficción, él se deslinda: “no quiero compartir mi historia, sino emociones”. Dice firmar un “contrato de ficción” con el lector, aunque se burla del hecho de que la mayoría olvida ese pacto a los pocos párrafos. Su “otro Halfon” —el narrador que fuma, que investiga, que desobedece al padre y se zambulle en un lago enfermo buscando respuestas— no es tanto un alter ego como una máscara, un eco que se confunde con la voz del autor real.
La estructura de “Duelo” alterna pasado y presente: la infancia del narrador y su regreso adulto al lago Amatitlán, símbolo líquido de la culpa y la purificación. Entre ambos tiempos, Eduardo Halfon introduce elipsis que nos llevan de Guatemala a Polonia, Berlín y Nueva York, siguiendo los rastros de una familia marcada por la diáspora y la pérdida. Aparecen personajes inolvidables, como Doña Ermelinda, una suerte de bruja o santera que destila sabiduría ancestral y dota al relato de una atmósfera casi mítica.
“Duelo” funciona también como reflexión sobre la escritura misma. Eduardo Halfon, que empezó a escribir tardíamente, después de formarse como ingeniero, confiesa que su método es dejarse llevar por la historia, escribir “como cuentista”, sin plan maestro, pero con una obsesión: cuidar el lenguaje, la musicalidad y la claridad. Ese trabajo minucioso se nota; cada palabra parece colocada con pinzas, cada silencio pesa.
Al final, “Duelo” no busca esclarecer un misterio, sino habitarlo. Es una novela breve, pero con hondura de pozo. Habla de la muerte, sí, pero sobre todo de la necesidad de recordar, aunque la memoria se equivoque. Y ahí reside su fuerza: en mostrarnos que la verdad, en la literatura y en la vida, no siempre importa tanto como la emoción que la sostiene.
Eduardo Halfon Tenenbaum (Guatemala, 1971) es un escritor y profesor guatemalteco, seleccionado en 2007 por el Hay Festival y Bogotá Capital Mundial del Libro como uno de los treinta y nueve escritores latinoamericanos menores de 39 años más importantes. En 2018 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país. En 2011 recibió la beca Guggenheim, y en 2015 le fue otorgado en Francia el prestigioso Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana. Su novela Duelo fue galardonada con el Premio de las Librerías de Navarra (España), el Prix du Meilleur Livre Étranger (Francia), el International Latino Book Award (EE. UU.) y el Edward Lewis Wallant Award (EE. UU.). Su novela Canción recibió el Premio Cálamo Extraordinario y el Berman Literature Prize de Suecia. Tarántula , su novela más reciente, ha sido laureada con el Premio de la Crítica española y el Premio Médicis a la mejor novela extranjera en Francia. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
