Paul Thomas Anderson ha decidido prenderle fuego al sueño americano y ver qué queda en pie. En “Una batalla tras otra”, su décima película, el director abandona la nostalgia y el perfume a celuloide de antaño para sumergirse en un Estados Unidos en guerra consigo mismo. Un país que antes recibía a los cansados y los pobres, y ahora los expulsa a golpes mientras se aplaude frente al espejo.
La cinta abre con Bob —un Leonardo DiCaprio pasado de vueltas pero encantadoramente torpe— arrastrando un carrito lleno de explosivos hacia un centro de detención de migrantes. Pertenece al grupo revolucionario French 75, que combate con más furia que estrategia al sistema opresor. A su lado está Perfidia (una magnética Teyana Taylor), una anarquista tan peligrosa como seductora, y el coronel Lockjaw (Sean Penn), la encarnación de la represión, el patriarcado y la estupidez uniformada.
Lo que parece el prólogo de una rebelión se transforma, dieciséis años después, en el relato de una herencia: la hija de ambos, Willa (Chase Infinity), que termina siendo más adulta que los adultos. Paul Thomas Anderson le cede a ella la esperanza, el único respiro posible en un mundo podrido por los extremos y las guerras ideológicas.
“Una batalla tras otra” avanza con una energía que asombra. Son casi tres horas de caos bien coreografiado: persecuciones, explosiones, diálogos delirantes y una puesta en escena que nunca se detiene. Paul Thomas Anderson, más cercano aquí a un Scorsese anfetamínico que a su habitual tono melancólico, demuestra que puede ser feroz y dinámico sin perder su elegancia visual. La edición es un metrónomo enloquecido; la cámara, un testigo nervioso que no suelta a sus personajes.
El sonido es otro protagonista: cada bala, cada estallido y cada nota del jazz distorsionado de Jonny Greenwood golpean como metralla emocional. Es la partitura más setentera del compositor, y le inyecta a la cinta un pulso entre Marathon Man y Three Days of the Condor.
¿Es una película perfecta? Ni de lejos. Paul Thomas Anderson cae en la tentación de erotizar a su heroína y caricaturizar a sus villanos. Su mensaje político, aunque incendiario, a veces se queda en el panfleto. Pero incluso en su exceso, hay algo brutalmente honesto: “Una batalla tras otra” es una rabieta filmada con clase, una declaración de que el relevo generacional no sólo es inevitable, sino necesario.
Leonardo DiCaprio juega al revolucionario despistado, Sean Penn se divierte siendo el monstruo, y la debutante Chase Infinity se roba el show con una naturalidad que desarma. Ella es, literalmente, la voz sensata en medio del apocalipsis.
El resultado: una sátira furiosa, divertida y melancólica que dinamita las certezas de los viejos héroes. Paul Thomas Anderson no busca respuestas, sino agitarlas. Y lo logra. Porque en su cine, como en la vida, siempre habrá una batalla más que pelear. Obligada. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
