Mike Flanagan deja los fantasmas para perseguir uno distinto: el del sentido de la vida.
“La vida de Chuck” no es terror, aunque algo inquietante late en cada fotograma: la sospecha de que todo esto —la existencia, los recuerdos, los bailes, los lunes— se está desmoronando mientras sonreímos. Basada en la novela de Stephen King incluida en “Si sangra”,
“La vida de Chuck” se atreve a narrar la biografía de un hombre… empezando por el fin del universo.
Dividida en tres actos y contada al revés, la historia comienza con el apocalipsis más amable que uno podría imaginar. En medio del caos, la humanidad empieza a ver mensajes agradeciendo a un tal “Charles Krantz”: anuncios, grafitis, carteles, todos dando las gracias a un desconocido. Es absurdo, sí, pero también perturbador. Mike Flanagan juega con esa mezcla entre ternura y descomposición, convirtiendo el fin del mundo en una especie de poema cósmico sobre la desaparición.
Luego viene el acto musical —Buskers Forever— una locura teatral con jazz, swing y coreografías que parecen salidas de un sueño febril. Aquí el director tropieza: la narración se vuelve torpe y explicativa, los diálogos pesan más que la emoción, y la extravagancia no alcanza a sostener la idea de “celebrar una vida en escena”. Es un número ambicioso, pero el más débil de la función: una pieza que brilla sin calor.
Y, por último —aunque cronológicamente primero—, el verdadero corazón de la película.
Aquí todo se detiene. No hay cosmos, ni carteles, ni jazz delirante. Sólo un niño (Jacob Tremblay) viviendo con sus abuelos en una casa que cruje de recuerdos y fantasmas. La cámara se mueve con ternura, los diálogos respiran y la melancolía se instala sin pedir permiso. Es el retrato de la infancia como un universo en miniatura, donde cada detalle —un piano, una mirada, una frase de Whitman— se vuelve eterno.
Tom Hiddleston, elegante pero algo fuera de tono, interpreta al Chuck adulto con más serenidad que emoción. Mark Hamill, en cambio, se roba sus escenas como el abuelo herido por la pérdida: sobrio, humano, casi invisible. El resto del elenco funciona como ecos de una misma vida, pero es Jacob Tremblay quien da sentido a todo: su mirada sostiene el edificio emocional que Tom Hiddleston apenas roza.
Mike Flanagan, fiel a sí mismo, sigue obsesionado con los fantasmas: no los de ultratumba, sino los de la memoria. Visualmente, “La vida de Chuck” es hermosa. Eben Bolter ilumina el apocalipsis con una melancolía dorada, y la música de The Newton Brothers flota entre lo íntimo y lo cósmico. Todo está pensado para que la muerte se sienta, paradójicamente, viva.
“La vida de Chuck” es irregular, sí. Un collage de tonos que a veces se contradicen. Pero cuando funciona, golpea directo al corazón. Mike Flanagan transforma un relato menor de Stephen King en una elegía luminosa sobre la fugacidad: tres actos, un hombre común y la certeza de que, antes del apagón final, aún queda tiempo para bailar. Prescindible. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
