Olvídate de Disney. La directora noruega Emilie Blichfeldt agarra el mito de Cenicienta, lo pasa por ácido y lo devuelve convertido en una pesadilla grotesca sobre el culto a la belleza, la crueldad femenina y la autoaniquilación disfrazada de perfección.

“La hermanastra fea” no busca complacer ni moralizar; busca que te retuerzas, que te asquee, que te duela. Y vaya si lo logra.

La historia se centra en Elvira (Lea Myren), una adolescente torpe, crédula y brutalmente insegura que vive a la sombra de su preciosa hermanastra Agnes (Thea Sofie Loch Næss). Su madre, Rebekka (Ane Dahl Torp), obsesionada con escalar socialmente, la empuja a convertirse en el trofeo ideal del príncipe Julian (Isac Calmroth). Elvira está dispuesta a todo: romperse la nariz, tragarse una tenia, someterse a cirugías caseras. La metamorfosis física se convierte en una mutilación del alma, mientras la cámara, implacable, registra cada gesto de dolor como si fuera un ritual de purificación sin redención posible.

Lo magistral del enfoque de Emilie Blichfeldt no es sólo el horror corporal —que lo hay, y mucho—, sino su manera de exponer la raíz del mito: ese mandato ancestral que convierte a las mujeres en piezas de exhibición, que mide su valor en función del deseo ajeno. No hay heroínas ni villanas. Agnes, la hermosa y cruel, también está rota por dentro. Elvira, la fea y desesperada, no es más monstruo que víctima. Y entre ambas, Alma (Flo Fagerli), la hermana menor, encarna la única voz cuerda en un mundo que confunde belleza con redención. Ella observa el desastre con horror, pero también con amor.

“La hermanastra fea” es una ópera decadente sobre la autodestrucción estética, tan excesiva como lúcida. Emilie Blichfeldt filma con una elegancia enfermiza: vestidos empolvados, luces rosadas, encajes y lazos que esconden heridas abiertas. Cada plano es un contraste entre lo sublime y lo repulsivo. La fotografía se va saturando a medida que Elvira se desfigura; el color y el brillo funcionan como maquillaje de una tragedia anunciada.

Lea Myren entrega una actuación feroz, casi suicida. En su rostro caben todas las fases del delirio: la ilusión, la humillación, la locura y una tristeza que termina devorándola viva. Frente a ella, Thea Sofie Loch Næss aporta la belleza melancólica de quien también es prisionera de su propio mito.

Hay momentos que cortan la respiración: la escena de los dedos, la extracción de la tenia, los sollozos que se confunden con carcajadas. Y aunque el gore es notable, lo que más golpea no es la sangre sino el espejo que la película coloca frente al espectador.

Porque La hermanastra fea”  no es sólo una relectura cruel del cuento de hadas. Es una autopsia emocional del ideal de belleza. Una fábula sin final feliz, pero con una lección brutal: el verdadero monstruo nunca estuvo en el castillo… sino en el reflejo. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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