“Hojas rojas”, no es un libro que se lea: es un libro que se atraviesa. Como un sueño que no ofrece salida o como una pesadilla que insiste en hacerse belleza. Can Xue, autodidacta e hija de intelectuales perseguidos durante la campaña antiburguesa de 1957, escribe desde una herida, pero también desde un asombro casi místico. En sus cuentos no hay certezas: solo atmósferas. Todo vibra entre la lucidez y el delirio, lo tangible y lo imaginado, como si la realidad fuera apenas una versión inestable del sueño.
“Hojas rojas”, reúne ocho relatos donde la lógica se derrumba y el sentido se disuelve con la misma suavidad con que la niebla engulle un camino. En Forasteros, una niña llamada Juhua despierta con frío y acaba en un cementerio donde los límites entre la vida y la muerte se borran; las apariciones —animales o humanas— van y vienen como sombras de una mente febril. A partir de ahí, el lector entra en el territorio de Can Xue: ese donde las reglas del mundo ya no aplican y solo queda la intuición para guiarse.
El segundo relato, Confesiones de un sauce, es quizás el más brillante. Un árbol moribundo toma la palabra para preguntarse por qué su jardinero ha dejado de regarlo. La voz del sauce, poética y resignada, remite de inmediato a Kafka, a esa sensación de abandono ante un dios mudo e incomprensible. “Aprendí a sentir cierta alegría en mitad de la sed, la ansiedad y el dolor”, dice el árbol, y ahí se resume todo el universo de Can Xue: una búsqueda de sentido en medio de la incomprensión.
Le siguen cuentos como El delito, donde una misteriosa caja heredada guarda un secreto tan inquietante como su silencio, o el que da nombre al libro Hojas rojas, donde un profesor hospitalizado percibe la presencia de hombres gato y conversa con un exalumno muerto. En esas páginas, la frontera entre el cuerpo y el espíritu se deshace, y la realidad se convierte en un espejo empañado. Hay ecos de César Aira y Mario Levrero, parientes literarios en lo absurdo y lo onírico, aunque todo en Can Xue tiene una textura distinta: más fría, más suspendida, como si los sueños vinieran del hielo.
Los relatos Movimiento vertical y Conviviendo con humanos vuelven a las criaturas del subsuelo o del aire —un ser que cava hacia la luz, una urraca que observa el sinsentido de los hombres—. En ellos, Can Xue parece más contenida, menos inclinada al exceso surreal, pero igual de obsesionada por el enigma del existir. La cabaña del monte y Los hombres sombra retoman el tono paranoico, con mujeres sitiadas por miedos domésticos o viajeros perdidos en ciudades que no obedecen a ninguna lógica conocida.
Leer “Hojas rojas” es caminar entre símbolos, metáforas y ráfagas de belleza. Can Xue escribe como si pintara: distorsiona lo cotidiano hasta volverlo irreconocible. Es el surrealismo de las letras chinas, pero con una serenidad inquietante. No busca explicar nada: solo mostrar que lo inexplicable puede ser, también, un hogar.
Y aunque el Nobel 2025 se lo haya llevado otro, lo cierto es que Can Xue ya habita ese territorio reservado a los escritores que no necesitan premios para ser eternos: el de quienes convierten la pesadilla en arte.
Can Xue (Changsha, 1953), Escritora y crítica literaria china, seudónimo de Deng Xiaohua. Conocida como una figura representativa del movimiento de vanguardia de finales de los ochenta y principios de los noventa, es considerada una de las escritoras contemporáneas más importantes de China. Asimismo, es una frecuente candidata al Premio Nobel de Literatura.
En 1957 a su padre lo expulsaron de su puesto como editor del Human Daily News y, junto a su mujer y su hija Can Xue, fue enviado a un campo de trabajo. Autodidacta y gran lectora de literatura occidental, ha recibido inspiración de autores como Franz Kafka, Jorge Luis Borges e Italo Calvino.
A lo largo de su trayectoria ha publicado novela, novela corta y cuentos. De su producción se ha traducido al castellano La frontera, Hojas rojas y Nubes flotantes ya envejecidas. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
