Luca Guadagnino regresa con “Cacería de brujas”, una especie de cóctel de intelectualidad y morbo donde todos los ingredientes terminan desbordando la copa. Lo que arranca como un elegante debate universitario sobre ética y deseo, pronto se convierte en un enredo de egos, culpas y discursos que suenan más a seminario pretencioso que a cine con alma.

El punto de partida parece prometedor: un profesor (Andrew Garfield) es acusado de agresión por una estudiante (Ayo Edebiri). En medio queda Alma (Julia Roberts), mentora de la joven, amiga del acusado y pieza central de una trama que promete diseccionar el poder, la verdad y la moral académica. Pero Luca Guadagnino —acompañado por la debutante guionista Nora Garrett— decide que la denuncia es apenas una excusa. Lo que le interesa no es el conflicto en sí, sino el ruido filosófico que lo rodea.

Y ahí empieza el problema. Cacería de brujas” se instala en un terreno ambiguo, pretendidamente profundo, pero hueco en sustancia. Cada escena parece diseñada para que los personajes reciten frases como “no todo tiene que hacerte sentir cómodo” o “estamos en el negocio de la óptica, no de la sustancia”. Es el tipo de diálogo que imagina un algoritmo cuando le pides “drama moral con tintes intelectuales”.

Julia Roberts, eso sí, se salva del naufragio. Su Alma es un torbellino de frialdad y control, una mujer que finge lucidez mientras su mundo se desmorona. En cambio, Andrew Garfield y Ayo Edebiri confunden intensidad con gritos y gesticulación; sus personajes parecen atrapados en un taller de actuación perpetuo. Michael Stuhlbarg aporta algo de peso, aunque su papel oscila entre el filósofo reprimido y el esposo pasivo-agresivo.

Visualmente, Cacería de brujas” carece de la elegancia habitual de Luca Guadagnino. La cámara se mueve entre primeros planos incómodos y encuadres distantes que jamás encuentran ritmo. Ni siquiera la fotografía de Malik Hassan Sayeed logra rescatar la incoherencia estética. La música de Trent Reznor y Atticus Ross, por otro lado, es lo más consistente: un acompañamiento tenso, elegante y, a ratos, más interesante que lo que ocurre en pantalla.

Luca Guadagnino intenta jugar al thriller moral y termina montando un debate universitario filmado con pretensiones de Kubrick. Todo suena importante, todo parece estar diciendo algo, pero nada se siente verdadero. Los temas —el abuso de poder, la cancelación, la hipocresía progresista— son relevantes, pero el guion los convierte en ejercicios de retórica sin emoción.

Cuando Cacería de brujas” intenta ser provocadora, resulta simplemente pedante.

Hacia el final, Luca Guadagnino deja en el montaje su propio grito de “¡cut!”, como si buscara un aplauso por su autoironía. Pero el efecto es el contrario: un recordatorio incómodo de que Cacería de brujas” no sabe cuándo detenerse. Durante 139 minutos, el filme corre tras la idea de ser complejo, sin darse cuenta de que la complejidad no se impone, se construye.

Cacería de brujas” quiere ser un espejo del pensamiento contemporáneo, pero solo refleja un laberinto de palabras huecas y personajes perdidos. Una caza filosófica que termina, tristemente, cazándose a sí misma. Regular. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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