No puedo confiar en mi cerebro ahora mismo”, confiesa Ella, la heroína interpretada por una luminosa Emma Mackey, casi al final de Ella McCay: Imperfectamente perfecta. Y uno no puede evitar sonreír con tristeza: tranquila, Ella, tu cerebro está bien; lo que hace agua por todos lados es el guion que te tocó en suerte. Y tanto.
James L. Brooks vuelve tras 15 años sin dirigir, y uno esperaba algo con la chispa de Broadcast News o la sensibilidad de Terms of Endearment. En cambio, nos entrega una comedia dramática deshilachada, ruidosa y caprichosa, que parece escrita siguiendo la brújula de un mapache con insomnio. El propio estudio admite que James L. Brooks empezó sin una historia clara. Pues eso se nota. Vaya si se nota.
La trama transcurre en 2008, en un estado que jamás se nombra (y quizá mejor así, nadie quiere cargar con la culpa). Ella es la joven y brillante vicegobernadora, respetada por su inteligencia pero poco querida por sus colegas, que la consideran altiva. Entre crisis domésticas, escándalos diminutos y un marido que da más lata que apoyo, Ella se encuentra de pronto ascendida a gobernadora porque su jefe se va a un cargo federal. No porque la hayan elegido, no: porque tocaba. Una victoria sin gloria y con factura emocional.
El problema es que Ella McCay: Imperfectamente perfecta se empeña en tropezar con sus propios zapatos. A un lado tenemos flashbacks de adolescencia que explican su familia rota: un padre caído en desgracia por acoso, una madre desaprovechada (Rebecca Hall desaparece antes de que recordemos que estaba ahí), un hermano que crece para convertirse en un adulto agorafóbico y perdido. Todo esto podría ser materia dramática… si tuviera cohesión. Pero la cinta lo mezcla con una voz narrativa que suena a uñas en pizarrón —Julie Kavner en modo “no apagues la radio, por favor”— y un desfile de subtramas que aparecen y desaparecen como mosquitos en verano: no sabes de dónde vienen ni por qué están ahí, pero te irritan igual.
Ni hablar del romance. Ryan, el marido, pasa en un suspiro de aliado simpático a caprichoso con delirios de grandeza administrativa. Si hay un premio al personaje cuyo arco dramático depende de los antojos del guionista, que le vayan poniendo su nombre.
Elenco no falta: Jamie Lee Curtis hace lo que puede como la tía Helen, brújula moral y mujer que ve venir el desastre antes que todos. Ayo Edebiri aparece en una subtrama tan desconectada que uno sospecha que pertenece a otra película. Woody Harrelson asoma como padre impresentable, y se va sin dejar sombra.
Lo triste es que Ella McCay: Imperfectamente perfecta intenta ser sátira política, melodrama familiar y screwball comedy… sin acertar en ninguna dirección. Quiere ser ligera y termina siendo frágil; aspira a ingeniosa y cae en lo simplón; busca corazón y termina dando pena.
Emma Mackey, eso sí, brilla. Ella sostiene la función, digna incluso cuando a su personaje le llueven situaciones absurdas. Una actriz talentosa atrapada en un guion que nunca decide de qué va la película. Y si el guion no lo sabe, ¿cómo lo vamos a saber nosotros?
Al final, Ella McCay: Imperfectamente perfecta es un enredo sin ritmo, sin rumbo y sin gracia. Una película que confía demasiado en su reparto y muy poco en su historia. Y cuando ni el libreto se cree a sí mismo, no hay gobernador —ni crítico— que la salve. Prescindible. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
