Miscelánea

Cuando el trastorno se vuelve tu coartada

Por Bernat del Ángel.

Y de pronto —como quien reparte confeti en un entierro— todo el mundo es autista, todo el mundo es TDAH, todo el mundo bipolar, todo el mundo “del espectro”, todo el mundo diagnosticado por TikTok y legitimado por un carrusel de Instagram. Vivimos la edad de oro de la etiqueta, esa manía contemporánea de poner nombre clínico a lo que antes se llamaba carácter, tristeza, torpeza, mala racha o simple condición humana.

Las etiquetas psiquiátricas se han convertido en el nuevo escapulario laico: tranquilizan, eximen, absuelven. Ya no soy irresponsable, soy así. Ya no me hundo, entro en fase. Ya no exploto, es la manía que llega puntual como el tren suizo. Y el contexto —siempre tan comprensivo— aplaude. Pobrecito. No podía evitarlo. Es su diagnóstico hablando.

Ahí empieza el problema. Porque cuando a una persona se le concede una identidad patológica, se le arrebata algo mucho más peligroso: la responsabilidad. El diagnóstico deja de ser una herramienta explicativa para convertirse en coartada moral. No me esfuerzo porque no puedo. No cambio porque no debo. No respondo porque soy. Y así, envueltos en terminología médica de saldo, confundimos comprensión con rendición.

La psiquiatría, digámoslo sin rodeos y con cierta crueldad higiénica, es una de las disciplinas más discutibles que ha parido la medicina moderna. Una especialidad nacida con vocación de ciencia dura y acabada en liturgia farmacológica. Desde el minuto uno quiso medir el alma con reglas de acero y acabó recetando pastillas como quien reparte hostias consagradas. Para todo, una píldora. Para todos, la misma fe.

No se trata de negar la medicación —solo los necios niegan lo útil—, sino de denunciar su uso como estrategia única, perezosa y dogmática. Si estás en un pico insoportable, si no duermes, si no puedes ni cumplir con lo mínimo civilizado, claro que puedes tomarte algo para dormir. Pero eso no es terapia: es muleta. Confundir la muleta con aprender a caminar es una forma elegante de estancarse.

El problema es que muchos psiquiatras —no todos, pero demasiados— no están preparados para intervenir sobre el comportamiento humano. No saben. No es su terreno. No saben leer el lenguaje, ni las narrativas internas, ni las trampas verbales con las que uno se cuenta la vida. Y sin embargo dictaminan. Con bata. Con receta. Con autoridad. Como si el sufrimiento fuera un fallo químico y no una historia mal contada.

Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: esos pensamientos intrusivos, violentos, absurdos, los que asustan porque parecen monstruosos. “¿Y si me clavo un estilete?” “¿Y si me tiro al metro?” “¿Y si empujo a alguien por la ventana?”. La psiquiatría tiende a verlos como aberraciones. La psicología —cuando es buena— sabe que incluso esos pensamientos tienen función. No son demonios: son señales. Avisos torcidos de un sistema saturado.

La terapia psicológica funciona por una razón escandalosamente simple: hablar cambia cosas. Nombrar modifica. Contarse distinto reordena. Desde el momento en que alguien entra a terapia y empieza a verbalizar, ya está ocurriendo algo. Se activan los mismos procesos de aprendizaje que la vida usa para enseñarnos a vivir. No hay magia. Hay lenguaje. Hay relato. Hay repetición.

Porque los seres humanos somos animales narrativos y repetitivos. Nos contamos la misma historia hasta que se vuelve verdad. Y luego nos preguntamos, con fingida sorpresa, cómo es posible que estemos hundidos cuando “todo va bien”. Pues porque el lenguaje va mal. Porque la forma en que te cuentas el mundo es una ratonera. Porque cada frase que usas te empuja un centímetro más abajo.

Cuanto más tiempo lleva alguien deprimido, más caro resulta cualquier movimiento. El coste de respuesta se dispara. Todo pesa. Todo cansa. Y entonces aparece el consejo estúpido: “vete a la cama y llora”. No. A veces no hay que meterse en la cama a llorar. A veces hay que levantarse, aunque duela, aunque no apetezca, aunque la épica sea inexistente. No por heroicidad, sino por higiene mental.

Los niños, por cierto, no piensan. No nacen pensando. Nacen con habilidades. La sociedad se encarga de enseñarles qué callar, qué ocultar y cómo mentirse con elegancia. Luego, de adultos, les ponemos una etiqueta y fingimos que eso explica todo.

No. No explica nada. Solo tranquiliza. Y a veces, tranquilizar demasiado es otra forma de condenar. PdC.

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