La Libreta del Cine

Esa cosa con alas

Algunas películas nacen de un gran material literario… y luego está Esa cosa con alas, la nueva adaptación de Max Porter que confirma una sospecha incómoda: hay escritores cuya potencia vive mejor en el papel que en la pantalla. Ya me pasó este año con Steve, y esta segunda vuelta lo deja aún más claro: Max Porter emociona leyendo, pero tropieza en el cine.

Esa cosa con alas sigue a un padre desbordado —Benedict Cumberbatch, siempre sólido, incluso cuando el guion le pone piedras en los zapatos— y a sus dos hijos, interpretados con sorprendente naturalidad por los hermanos Henry y Richard Boxall. Los tres intentan mantenerse a flote tras la muerte repentina de la madre. Lo que podría haber sido una exploración íntima del duelo se transforma, a trompicones, en un híbrido extraño que no termina de decidir qué quiere ser.

El padre, ilustrador de novelas gráficas, dibuja compulsivamente un cuervo, y de esa obsesión nace Crow: un ser humanoide interpretado por Eric Lampaert, con la voz siempre envolvente de David Thewlis. El problema no es su presencia —el diseño del personaje es, de hecho, uno de los grandes aciertos del filme—, sino cómo irrumpe en la historia. El cuervo, metáfora obvia del duelo, pasa de sugerente a machacón; más que revelar el dolor, lo caricaturiza. Y si en la novela ese simbolismo respira, aquí se siente como un golpe directo al cráneo… repetido varias veces.

Dylan Southern divide la cinta en capítulos —Papá, Los Niños, Crow y Demon—, estructura que podría haber dado ritmo, pero que termina subrayando la inconsistencia tonal. Esa cosa con alas quiere ser un drama íntimo, pero se esconde en los códigos del terror sin comprometerse del todo. Cuando parece que va a profundizar en la tristeza, entra un susto. Cuando intenta ser oscura, se asoma lo melodramático. Es un vaivén que no deja sentir nada del todo; justo cuando la emoción asoma, Esa cosa con alas cambia de carril.

Y es una lástima, porque hay momentos realmente bellos. Los visuales, cargados de sombras y ambientes húmedos, evocan una casa donde el dolor se mete entre las paredes. El uso intermitente de un cuervo real aporta una tensión magnética. Y Benedict Cumberbatch, físicamente entregado y vulnerable, habría sostenido sin esfuerzo un drama puro sobre la pérdida. Los niños, por su parte, aportan honestidad sin artificios: retraídos, feroces al jugar, frágiles en silencio.

Pero cada intento de emoción termina saboteado por la propia película. El tono se desmorona, las metáforas se vuelven literales, y lo que debería ser una meditación sobre la esperanza —o su ausencia— se convierte en un ejercicio exhausto sobre la tristeza.

La ironía final es que el título nos engaña: aquí no hay alas que eleven nada. Esa cosa con alas promete volar… pero termina a ras de suelo, atrapada en su propio duelo. Si algo pesa más que el dolor del protagonista, es la película cargando con su propia indecisión. Prescindible. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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