Historias Comunes

¿Dónde se nos quedó el “buenos días”?

El otro día entré al supermercado y en la puerta estaba una señorita. No vendía nada. No me ofreció tarjetas de crédito. Solo me miró, sonrió y me dijo: Buenos días.

Eso fue todo. Pero bastó para que mi paso cambiara, mi rostro se relajara y el día, de pronto, pesara menos. Porque saludar es exactamente eso: un acto pequeño que tiene el poder de pesar toneladas.

Un supermercado que te ve como persona

No todas las tiendas son iguales. En algunas, lo primero que escuchas al cruzar la puerta es: «¿Quiere tramitar su tarjeta de crédito?», como si antes de ser persona fueras un cliente potencial. Y sí, de hecho lo somos, pero se agradece profundamente que primero nos vean como seres humanos.

En otros lugares impera el silencio. Pasas como un fantasma entre carritos de compras y anuncios espectaculares. Nadie te ve, nadie te nombra.

Y luego están esos comercios —los menos— donde alguien en la entrada todavía cree en la magia de los detalles. Esos rincones donde una voz te recibe para recordarte que no vas sólo a comprar leche; vas, también, a cruzarte con personas.

¿Por qué se nos perdió esa sana costumbre?

Antes el saludo era una ley no escrita. Era educación, pero sobre todo, era una forma de decirle al otro: «Te veo, existes, importas».

Hoy caminamos con prisa, con los audífonos puestos y la cabeza en mil pendientes. Sin darnos cuenta, le delegamos la amabilidad a las máquinas de autopago y a los letreros de «bienvenida». Se nos olvidó que la cortesía es el único producto que deberíamos ofrecer siempre en la entrada; uno que no caduca, no cuesta y rinde intereses durante todo el día.

La magia de lo pequeño

Un «buenos días» no te resuelve la vida, pero te acomoda el alma antes de tomar el carrito de compras. Te recuerda que detrás del mostrador, del uniforme y del escáner de precios, hay seres humanos.

Esa empleada no me estaba vendiendo nada. Me estaba devolviendo algo invaluable: la certeza de que todavía hay gente que decide empezar su jornada visibilizando a los demás. Eso es poderoso. El mundo sería muy distinto si nos encontráramos con más puertas que se abren con una sonrisa y menos puertas que solo se abren para cobrarte algo.

¿Y si hoy tú eres esa persona?

No necesitas estar en una entrada ni llevar un uniforme. Basta con levantar la mirada, conectar y sonreír primero.

Hoy es un gran día para comenzar. No esperemos a que la señorita del supermercado nos salude; imitémosla. Al entrar a la estación del Metrobús, saludemos al guardia; hagamos lo mismo al subir al taxi o al cruzarnos en la calle con un desconocido. ¿Qué más da si no nos contestan? Quizá logremos sembrar una duda, hacerlos reflexionar y conseguir que mañana sean ellos quienes inicien el saludo. Creemos una cadena.

Tal vez el saludo no se perdió en el tiempo. Solo lo estamos guardando, dormido, esperando a que alguien nos lo recuerde.

Y hoy te lo recuerdo yo: Buenos días. Que hoy tu día pese un poco menos.

 ¡Súmate a la plática de café!

A veces vamos tan rápido que nos volvemos invisibles los unos a los otros. Queremos leerte:

  • ¿Cuándo fue la última vez que un saludo de un desconocido te cambió el humor del día?
  • ¿Te unes al reto de iniciar la cadena de saludos hoy mismo en el transporte o la tiendita de la esquina?

¡Compartamos nuestras experiencias con una buena taza de café! PdC.

Foto de Jonas Mohamadi.

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