Wes Anderson siempre ha sido ese director que o se te mete al alma con su estilo de maqueta vintage y diálogos de catálogo excéntrico… o te da urticaria. No hay punto medio. Para muchos, sus últimas películas parecían más ejercicios de diseño que relatos, como si los personajes vivieran en vitrinas y no en mundos narrativos. Pero, ¡oh sorpresa! Con “El esquema fenicio”,  Wes Anderson da un volantazo perrón y entrega su película más osada, vibrante y —vaya novedad— emocionante.

Aquí no hay tanto de ese sopor con aire intelectualoide al que nos tenía acostumbrados (cof cof, Asteroid City). No, esta vez hay historia, hay trama que se mueve, personajes que actúan en lugar de divagar, y hasta un giro aquí y allá que te hace abrir los ojos y decir: “¿Wes, Eres tú?”

El eje de El esquema fenicio” es Zsa-zsa Korda, interpretado por un Benicio del Toro que se pasea por la pantalla como si la hubiera comprado. Korda es una mezcla entre millonario paranoico, empresario con trapos sucios y una versión con monóculo del “tipo más interesante del mundo”. Sobrevive a un atentado en su jet privado, se mete a la tina a reflexionar sobre su legado y decide heredar su imperio no a sus hijos idiotas, sino a su hija novicia Liesl, interpretada con soltura por Mia Threapleton, en su debut protagónico. Entre tanto, los enemigos se le acumulan como facturas sin pagar, y hasta Michael Cera se suma al viaje como un entomólogo con acento nórdico, obsesionado con los insectos y los juegos raros.

El esquema fenicio” es lo más parecido que Wes Anderson ha hecho a una película de espías con esteroides poéticos. Los planos siguen siendo simétricos, los colores siguen pareciendo sacados de un catálogo de papel tapiz de 1967, y los personajes visten como si todos fueran a una fiesta temática de otro siglo. Pero por debajo de esa capa de barniz estético, hay acción, humor y hasta emoción genuina. No es broma: aquí se juega una partida épica de Horse entre Tom Hanks, Bryan Cranston y Riz Ahmed. Y funciona.

Benicio Del Toro se come la película sin pedir permiso, sí, pero también brilla la relación con su hija. Hay química, hay conflicto, y hay un trasfondo emocional que suele faltar en los títeres parlantes que Wes Anderson suele dibujar. Scarlett Johansson aparece como Hilda, prima y posible esposa (sí, esto es Wes Anderson, recuerden), y pone la guinda excéntrica al pastel. Todo esto filmado con una elegancia fotográfica cortesía de Bruno Delbonnel, que debuta con Wes Anderson y parece que lleva toda la vida en su club privado.

La música, a cargo del inseparable Alexandre Desplat y supervisada por Randall Poster, no se queda atrás. Es retro, divertida y puntual. Y los sets, diseñados por Adam Stockhausen, merecen su propio spin-off.

Resumo: El esquema fenicio” es lo más cercano que ha estado Wes Anderson de hacer una película para gente que no lo soporta. Y no sólo no se traiciona, sino que sorprende. Tal vez mañana vuelva al laberinto críptico de siempre, pero hoy —milagrosamente— se salió del molde sin dejar de ser él. Agradezcámoslo. Imperdible. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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