Por Bernat del Ángel.
Hace muchos inviernos, de esos en los que las ideas se congelan en la lengua antes de salir, alguien —un sabio, un loco o tal vez un borracho con lucidez— me espetó: “Si cuando hablas nadie se incomoda, es que no has dicho nada digno de atención”. Y se me quedó grabado como una maldición o una promesa, según el día. Porque en este mundo tan pulido de corrección, tan blando de entrañas y tan raso de pensamiento, el que osa decir lo que piensa corre el riesgo de ser primero señalado, luego silenciado y finalmente, olvidado.
Las ovejas descarriadas siempre han tenido mala prensa. A nadie le gusta el que se sale del rebaño, sobre todo porque pone en evidencia que el redil apesta y que los pastores ya no guían, sólo pastorean su vanidad. El descarriado, el disidente, el incómodo, el que pregunta cuando ya todos han votado, el que se niega a aplaudir cuando la consigna lo ordena… ese es el problema. No por su herejía, sino porque existe. Porque al existir, demuestra que se puede vivir de otro modo.
Y entonces aparece la duda jodida, la que escuece: ¿y si la oveja está donde está —marginada, solitaria, con olor a pólvora y pensamiento— no porque eligió romper el cerco, sino porque a alguien le conviene tenerla ahí? Como espantajo, como advertencia, como decorado controlado. Para que no moleste más de la cuenta. Para que no contagie.
El sistema —cualquiera, el político, el familiar, el empresarial, el educativo, el emocional incluso— no teme al grito ni al portazo. Teme al pensamiento. Teme a quien señala la grieta en la muralla mientras todos pintan encima paisajes de cartón piedra. Teme al que molesta. Porque molestar, cuando se hace desde la lucidez, es un arte que pocos dominan y muchos temen. El molesto pone palabras donde los otros pusieron silencios. El molesto obliga a pensar. Y ya se sabe que pensar tiene consecuencias: te pueden cambiar la etiqueta, quitarte la silla, desconectarte el micrófono.
Por eso la oveja descarriada a veces no está sola por convicción. Está sola porque la arrinconaron. Porque molesta. Porque no juega al juego de callar y tragar. Porque dice verdades que no cotizan en la bolsa de lo políticamente correcto. Porque elige ser persona antes que peón, conciencia antes que consigna. Y eso es imperdonable.
Mira a tu alrededor: ¿cuántos hay que prefieren callar por no incomodar? ¿Cuántos se agachan como plebeyos bien adoctrinados, convencidos de que la paz vale más que la verdad? ¿Cuántos se han vuelto mudos voluntarios para no arriesgarse a pensar?
Somos una sociedad de obedientes disfrazados de libres. Nos jactamos de tolerancia y diversidad, pero perseguimos al que no comulga con la manada. A la oveja que no se pone la bufanda del momento, la que no bala con el mismo tono, la que no lleva pancarta ni tuitea consignas.
Pero ojo acá. A veces, la oveja descarriada no es la perdida. Es la única que sabe a dónde va.
Así que si tienes la mala costumbre de pensar por tu cuenta, de hablar cuando no debes, de decir lo que los otros prefieren barrer bajo la alfombra… sigue haciéndolo. Molesta. Irrita. Desacomoda. Crea caos. No para joder por joder, sino para recordar que el mundo avanza cuando alguien se niega a obedecer mansamente.
Y si te arrinconan, si te silencian, si te llaman “problemático” o “radical”… sonríe. Vas por buen camino. El silencio no cambia nada. Pero esa palabra justa, dicha en el momento preciso, derrumba un edificio entero. PdC.
