Cultura

Estamos saliendo, no escapando… todavía

Por Bernat del Ángel.

Salimos. Desde el minuto uno, salimos.
Salimos del vientre, con el culo al aire y el mundo por montera. Sin manual ni red.
A empujones, llorando, ya manchados de incertidumbre.
Salimos de la cuna a gatas y del colegio a empujones. De casa con la mochila y cuatro ideas mal dobladas.
Salimos del cascarón con la prepotencia de quien aún no sabe que la vida no tiene misericordia. Ja.

Y de ahí en adelante: venga usted a salir.
Salimos con alguien que luego nos deja por mensaje.
Salimos del país, huyendo del tedio o del gobierno, o de ambos.
Salimos de dudas para meternos en berenjenales.
Salimos del clóset, del coma, del antro a las cinco de la mañana con resaca moral y olor a decepción.

 

Hay quien sale en la tele, otros solo salen en las notas rojas.

Salimos de una pandemia, dicen.
Salimos de deudas, de rupturas, del trabajo, de la dieta, de la compostura.
Salimos de todo, menos del estupor.

Porque hay días en que uno no sabe si va o viene. Si está saliendo o en realidad entrando por donde nunca debió haberlo hecho.
Uno cree que escapa y en realidad se mete en la boca del lobo, con carta de presentación y sonrisa pusilánime.

Uno sale del problema para toparse con la factura.
Y así, a paso de tortuga coja, seguimos saliendo de esta.

¿De esta qué?, te preguntarás lector curioso.
Pues de esta confusión crónica. De esta falta de norte.
Del dolor disfrazado de memes.
De una generación que confunde autoestima con egolatría y sinceridad con grosería.
De un mundo donde todos salen en redes y nadie entra en sí mismo.

A veces no salimos ni de la cama. Ni del bucle. Ni del laberinto del “mañana empiezo”.
Y no por falta de piernas, sino de agallas.

Hay días que no salimos porque no hay a dónde ir.
O peor aún: porque ya no hay a quién volver.

Saldremos, claro que sí.
Aunque sea por piernas. Por dignidad. Por necesidad.
Por la ventana o por la puerta de atrás. Pero saldremos.
Con el sombrero ladeado y la esperanza en harapos.
Con una carcajada ahogada entre dientes y la certeza de que no estamos solos en esta tragicomedia.

 

Y ese día, alguien nos preguntará de dónde venimos.
Y nosotros, con la mirada gastada y el alma despellejada, responderemos:
—De salir. No hemos hecho otra cosa.

 

Y entonces, con suerte, sonreiremos como los idiotas felices.
Porque habremos salido una vez más.
No ilesos, pero tampoco vencidos.

Y sabremos —como saben los viejos lobos de mar— que no es cuestión de a dónde sales, sino a quién lo cuentas.
Y si tienes alguien que te espere del otro lado, aunque sea con un tinto de verano y un “ya era hora”, entonces sí, homínido: has salido bien. PdC.

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