El Rincón del Loco

“Las naranjas no son la única fruta” de Jeanette Winterson

Jeanette Winterson debutó con una novela que no entra por la puerta, sino que la echa abajo. “Las naranjas no son la única fruta” apareció en 1985 y, desde entonces, no ha parado de resonar. ¿Por qué? Porque lo que a simple vista podría parecer un relato de formación en un contexto opresivo y religioso, se convierte en una obra irreverente, poética y profundamente personal. Sí, está disfrazada de ficción, pero no se le escapan las costuras autobiográficas: Jeanette, la protagonista, se parece demasiado a la propia autora. Ambas fueron adoptadas, crecieron en Lancashire y descubrieron su sexualidad en medio de una tormenta de fanatismo pentecostal. Que nadie venga a exigirle neutralidad: Jeanette Winterson se usa a sí misma como laboratorio narrativo. Y funciona.

“Las naranjas no son la única fruta” podría haberse convertido fácilmente en un dramón sórdido —una joven lesbiana creciendo en una familia fundamentalista que intenta exorcizarla con literalidad bíblica—, pero Jeanette Winterson hace alquimia literaria. Le da la vuelta al trauma con una ironía feroz, una inteligencia luminosa y una estructura narrativa sorprendente: los capítulos llevan nombres de libros del Antiguo Testamento, y están armados como parábolas con guiños míticos, simbolismos y hasta fábulas intercaladas. “Las naranjas no son la única fruta” se sacude del realismo para coquetear con lo fantástico, lo alegórico y lo surreal. Aquí no hay autoficción que se arrastra en el barro de la confesión: hay arte, hay forma, hay una autora que no pide permiso ni perdón.

Jeanette, la protagonista, crece convencida de que será misionera. Es educada en casa por una madre que desprecia el mundo exterior, sobre todo la escuela, ese “caldo de cultivo de herejías”. La iglesia lo es todo. Pero a medida que Jeanette crece, aparecen las grietas. Primero con una chica del puesto de pescado, luego con Katy. El pecado, para ella, no tiene forma de culpa, sino de libertad. Lo que sigue es un enfrentamiento brutal entre el deseo y la doctrina. El exorcismo es literal: la encierran, la privan de comida, intentan purgarla. Pero Jeanette sobrevive, y sobre todo, piensa. Y al final, se va. No sin consecuencias, pero sin rendirse.

Jeanette Winterson se muestra implacable con la hipocresía religiosa, pero no escribe desde el rencor. Incluso su madre, ese monstruo de represión con aires de profeta suburbano, aparece dibujada con matices. En el fondo, también es una víctima: atrapada en su frustración, canaliza su ira a través del dogma. “Las naranjas no son la única fruta” sugiere —sin subrayarlo— una lectura feminista potente: los hombres son fantasmas o amenazas, las mujeres están descontentas o resignadas. En ese páramo emocional, la religión ofrece una vía de escape… a un precio altísimo.

El humor, sin embargo, es el arma secreta del libro. Jeanette Winterson ridiculiza lo absurdo sin perder el respeto por lo trágico. Su prosa es precisa, viva, con frases que iluminan como relámpagos. Y aunque el final puede parecer abierto, incluso inconcluso, no resta fuerza a lo vivido. La historia no cierra porque, como en la vida real, hay heridas que no cicatrizan de forma ordenada.

“Las naranjas no son la única fruta” es una novela sobre rebelarse sin dejar de amar, sobre encontrar un lenguaje propio en medio del ruido impuesto. Es ingeniosa, rara, luminosa. Y sigue, casi 40 años después, mordiendo donde tiene que morder.

Jeanette Winterson (Manchester, 1959) es una escritora inglesa, cuyas obras se pueden situar dentro del ámbito posmodernista. Educada en la Iglesia Pentescostal Elim, de niña quería ser una misionera y ya a los seis años escribía sermones. Cuando a los 16 años le dijo a su madre que estaba enamorada de otra mujer, esta le dio dos opciones: O te vas de esta casa y no vuelves nunca más o dejas de ver a esa chica. Jeannete abandonó el hogar, y esta experiencia la reflejaría más tarde en sus obras. Fue condecorada en 2006 con la Orden del Imperio Británico. Colabora en forma asidua con publicaciones periódicas de su país. PdC.

Escrito por B. Del Ángel.

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