Ari Aster, el orfebre de la incomodidad emocional (Hereditary, Midsommar, Beau is Afraid), vuelve con “Eddington”, una película que —más que contar una historia— toma el alma de un país en plena crisis nerviosa y la sacude como un cóctel molotov. Estamos en mayo de 2020, cuando el mundo olía a alcohol en gel y paranoia digital. En ese escenario postapocalíptico en cámara lenta, Ari Aster sitúa su extraño, satírico y a ratos desquiciado nuevo film.
El sheriff Joe Cross (un Joaquin Phoenix que bordea entre el tonto útil y el villano desquiciado) no puede, no quiere o simplemente no le da la gana de usar mascarilla. Tiene “problemas para respirar”, dice, aunque lo que en realidad parece tener es alergia al sentido común. Cuando decide enfrentarse al alcalde Ted Garcia (Pedro Pascal, brillante en su rol de liberal con perfume a marketing), lo hace más por despecho que por ideología. A partir de ahí, “Eddington” se convierte en un campo minado de teorías conspirativas, discursos populistas, redes sociales en ebullición y una buena dosis de caos pandémico.
Pero Ari Aster no se queda solo en la superficie del delirio: su crítica va más allá del COVID y las mascarillas. Lo que le interesa es mostrar cómo la desinformación, el egoísmo y la frustración colectiva convierten a una comunidad en una olla de presión. Y cuando uno de los ingredientes principales es un sheriff que basa su campaña en el lema “Estás siendo manipulado”, ya sabes que las cosas no acabarán bien.
Lo fascinante —y frustrante— de “Eddington” es que nunca sabes si estás viendo una sátira inteligente o un reality show editado con drogas. Hay momentos en los que el tono recuerda a los Coen (aunque sin su precisión quirúrgica), y otros donde el film coquetea con el surrealismo lyncheano. Pero en ese vaivén, Ari Aster parece perder el control del timón. El giro final —que podría haberse sentido como un puñetazo lúcido— acaba rozando lo absurdo: ¿y si las conspiraciones fueran ciertas?
El reparto está en estado de gracia. Joaquin Phoenix se entrega sin pudor al patetismo de su personaje. Pedro Pascal brilla como contrapeso carismático. Emma Stone tiene menos juego del que merece, aunque su involución paranoica resulta creíble. Y Deirdre O’Connell roba escenas como la suegra conspiranoica que podría ser trending topic con un solo video en TikTok. Mención especial para William Belleau, como el único oficial nativo que parece tener sentido común y cuyo personaje bien podría protagonizar una película paralela.
Visualmente, Darius Khondji hace magia con la decadencia: todo se ve deslavado, como si la realidad misma estuviera desgastada. Es un acierto que refuerza la sensación de que este pueblo no solo está roto… sino hueco por dentro.
Termino, “Eddington” es un experimento irregular, ambicioso, provocador y profundamente incómodo. ¿Funciona del todo? No. ¿Tiene momentos brillantes? Sí. ¿Merece la pena verla? Absolutamente. Aunque solo sea para ver cómo Ari Aster nos recuerda, con humor negro y bastante veneno, que no hace falta un monstruo sobrenatural para vivir una pesadilla: basta con una urna electoral, un perfil de Facebook y una mente al borde del colapso. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
