Por Bernat del Ángel.
En mis mentorías, esas trincheras en donde uno entra con voz serena y sale con la cabeza hecha un sonajero, me encuentro con especímenes que, si no fuera por la piedad que aún me queda, merecerían un manual de taxidermia antes que uno de liderazgo.
Jefecillos, capataces de escritorio, tiranos de PowerPoint que confunden el arte de guiar con el placer de humillar. Tipos y tipas que creen que el respeto se arranca a gritos o con memorándums pasivo-agresivos. Que llegan oliendo a prepotencia, como si el mundo les debiera algo por su mísera tarjeta de presentación.
Ah, pero ellos no lo ven. En su cabeza, son líderes. Se autoproclaman “visionarios”, aunque no distingan entre estrategia y ocurrencia. El liderazgo, para estos pobres diablos, es un monólogo de frases altisonantes y cero escucha. Es el eco de su ego resonando en una sala que ya no los oye.
Uno los escucha decir cosas como: “No quiero excusas, quiero resultados”, y juro que por dentro me arde el bazo. ¿Desde cuándo pedir ayuda o señalar obstáculos es dar excusas? ¿Desde cuándo liderar significa aplicar la ley del látigo y no la del cerebro?
La arrogancia no solo apesta, huele a desesperación maquillada de seguridad. Es el disfraz de quienes temen que, al abrir la boca, se les escape lo que realmente son: inseguros, obsoletos, acomplejados. La arrogancia no lidera, impone. No inspira, sofoca. Y, sobre todo, no deja huella: deja traumas.
En cambio, los líderes verdaderos –los que apenas se ven porque no andan con altavoz, sino con brújula– hacen preguntas, no discursos. Escuchan, no pontifican. Reconocen sus errores con la misma dignidad con la que celebran los aciertos ajenos. Saben que decir “me equivoqué” no los debilita, sino que los humaniza. Que pedir opinión no los desacredita, sino que los afianza.
Y es ahí cuando uno se pregunta cómo demonios hemos llegado a confundir confianza con altanería, liderazgo con soberbia. Nos sobra autoridad y nos falta alma. Abundan los que mandan; escasean los que guían. En un mundo de narcisistas con títulos, ¿quién se atreve a liderar con humildad?
Pero, claro, eso no se enseña en los MBA. No aparece en los manuales de Harvard ni en las diapositivas de TEDx. Lo aprendes en el barro, en la contradicción, en el fracaso. Liderar no es mandar. Es servir. Y eso, en estos tiempos de vanidad digital, suena a herejía.
Así que sí, cuando en una sesión alguien suelta un “yo no cometo errores”, no puedo evitar imaginarlo coronado de plumas de pavo real y montado en un burro blanco, gritando arengas a una tropa inexistente. Y cuando otro dice “tienes suerte de tener este trabajo”, dan ganas de responder: “No, el que tiene suerte eres tú, de que aún no te hayan desenmascarado como el farsante que eres”.
Porque el verdadero liderazgo se demuestra cuando dices: “Esto está difícil. Vamos a resolverlo juntos”, y no “Para eso te pago”. Cuando afirmas: “Gracias por tu esfuerzo”, y no “Deberías estar agradecido de estar aquí”. Cuando entiendes que un equipo no se somete, se construye.
Y si me permiten cerrar con cierta sevicia, lo haré:
Al arrogante le encanta el trono, pero le aterra el espejo. Porque ahí, sin audiencia ni aduladores, se ve como lo que es: un mamarracho bien vestido, con miedo a que le quiten la careta. Anota. PdC.
