El Rincón del Loco

El último secreto” de Dan Brown

Robert Langdon regresa, con su inseparable blazer de tweed y su manía de meterse en líos monumentales, en “El último secreto”, la sexta entrega del thriller simbólico más rentable de la historia editorial reciente. Esta vez, Dan Brown traslada su maquinaria narrativa a Praga, una ciudad que debería ser puro misterio gótico, pero que en sus manos acaba convertida en una guía turística excesivamente comentada. Entre callejones, criptas y conspiraciones, Langdon y su eterna compañera de aventuras intelectuales, Katherine Solomon, se ven envueltos en una trama de asesinatos, manuscritos desaparecidos y un enigma filosófico sobre la conciencia humana. Todo muy Dan Brown, para bien y para mal.

“El último secreto” cumple con precisión suiza el manual del “thriller browniano”: capítulos cortos que terminan en cliffhanger, persecuciones contrarreloj, datos históricos disfrazados de revelaciones y una buena dosis de pseudo-ciencia que juega con la frontera entre la física cuántica y la espiritualidad de autoayuda. El resultado es un cóctel familiar, entretenido, con ese ritmo que obliga a leer “solo un capítulo más” hasta que de pronto son las tres de la mañana.

A su favor, “El último secreto” ofrece exactamente lo que promete: entretenimiento de alto octanaje intelectual. La reflexión sobre la mente, el alma y la conciencia es interesante, aunque a ratos suene a charla TED para turistas del pensamiento. La premisa —un manuscrito robado que podría contener el secreto del origen y la naturaleza de la conciencia— le permite a Dan Brown coquetear con la filosofía, pero sin despeinarse. Todo se mantiene en la superficie: lo justo para sonar profundo sin espantar al lector de aeropuerto.

Langdon, como siempre, actúa más como excusa que como personaje. Su evolución emocional es nula: un hombre de biblioteca lanzado al caos, alérgico a los teléfonos móviles y siempre rodeado de cadáveres frescos y mujeres brillantes. Katherine Solomon, científica noética y compañera sentimental, es tratada con la clásica cortesía browniana: inteligente, pero funcional. Los secundarios, una fauna intercambiable de policías, espías, funcionarios y villanos enigmáticos, justos para combustible narrativo.

Como en las entregas anteriores, el gran problema no es la falta de ideas, sino la falta de síntesis. Dan Brown escribe como si cada revelación necesitara tres vueltas de explicación. Repite, subraya y recalca hasta el agotamiento. A ratos uno siente que está leyendo una enciclopedia con síndrome de ansiedad.

Y las descripciones de Praga —esa joya arquitectónica, cuna de leyendas y alquimistas—, en lugar de sumergirnos en su atmósfera mágica, se convierten en un catálogo monótono de calles, estatuas y edificios descritos con el entusiasmo de un folleto de agencia de viajes.

Ahora bien, lo que sigue funcionando —y por eso vende lo que vende— es el tempo: esa sensación de que el mundo puede acabar en cualquier página, de que cada símbolo encierra una verdad cósmica. Dan Brown domina el arte de hacer que el lector se sienta partícipe del enigma, detective y cómplice a la vez. Y cuando el autor se centra en la acción, el libro fluye, aunque los giros finales resulten previsibles para quien haya leído una sola de sus obras anteriores.

Resumo, “El último secreto” es puro Dan Brown: fascinante y agotador a partes iguales. Una novela que entretiene, pero no sorprende; que amaga con la profundidad pero se queda en el barniz. Es un espectáculo bien producido, un museo de ideas que parecen más grandes de lo que son. Los fans de Robert Langdon encontrarán en estas páginas el confort del déjà vu: códigos, conspiraciones y cátedras convertidas en campos de batalla. Los demás quizá se pregunten si, al fin y al cabo, el verdadero misterio es cómo algo tan predecible sigue siendo tan adictivo.

 

Daniel James Brown (Estados Unidos, 1964) conocido como Dan Brown, es un escritor estadounidense especialmente popular por la novela El Código Da Vinci (2003) y otros títulos protagonizados por el personaje Robert Langdon. PdC.

Escrito por B. Del Ángel.

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