Kelly Reichardt regresa al ruedo con “Mente maestra”, un filme que no busca deslumbrar con gadgets ni persecuciones imposibles, sino explorar la fragilidad de los sueños y la comedia silenciosa de la mediocridad.

Situada en la Nueva Inglaterra de los años 70, la película sigue a James Blaine Mooney (Josh OConnor), un carpintero desempleado y padre suburbano atrapado entre la rutina y la desesperación. Su solución: robar cuatro pinturas de un museo local. Fácil, ¿no? Claro, si olvidamos que su equipo es un grupo de inadaptados que apenas saben atarse los cordones.

Desde el primer plano, Kelly Reichardt nos sumerge en un otoño de tonos cálidos y melancólicos, con la fotografía de Christopher Blauvelt abrazando esa estética de los 70 que recuerda a The Holdovers. Las hojas crujen bajo los pies, los suéteres de lana se arrugan en cuerpos cansados, y la música de Rob Mazurek jazzea con un placer contenido, acompañando cada error y cada pequeño triunfo de Mooney. No hay glamour, no hay Oceans 11: hay mesas plegables, mapas de papel y bolsas de almohadas caseras.

Josh OConnor brilla con un encanto casi tragicómico: su Mooney no es un genio criminal, sino un hombre con delirios de grandeza y una fe incuestionable en su plan absurdo. Cada escena de planificación y ejecución fallida se convierte en comedia física sutil, al borde de Buster Keaton, desde trepar escaleras hasta maniobrar lofts y áticos. Y funciona: reímos, suspiramos y sentimos frustración con él, porque detrás de cada error está su deseo sincero de sentirse realizado y de proveer para su familia.

Alana Haim interpreta a Terri, su esposa, con una paciencia elegante, aunque Mente maestra le concede poco más que miradas y gestos contenidos. Es un contraste con el magnetismo de Mooney, y también un recordatorio de que Kelly Reichardt prefiere examinar al hombre común y sus decisiones más que equilibrar el reparto. Por suerte, John Magaro, como viejo amigo de Mooney, inyecta calidez y diversión, recordándonos que incluso en la vida más gris hay momentos de brillo y camaradería.

Mente maestra se divide en dos actos: primero, el heist y sus divertidos desastres; segundo, una road movie que atraviesa pueblos estadounidenses mientras la sombra de la Guerra de Vietnam se cierne sutilmente sobre cada conversación y elección. Kelly Reichardt encuentra la poesía en lo cotidiano, en el vacío dejado por las ambiciones incumplidas, y nos recuerda que el verdadero robo no está en los museos, sino en cómo la vida nos roba la ilusión de grandeza.

Mente maestra no es un thriller, ni una comedia convencional. Es un retrato delicadamente melancólico de la mediocridad, la esperanza y la burla que nos hacemos a nosotros mismos. Kelly Reichardt desacraliza el atraco, y en ese minimalismo encuentra una belleza inesperada: ver a un hombre ordinario intentar algo extraordinario y fallar de manera encantadora.

Una historia de sueños pequeños, errores enormes y risas contenidas, donde el verdadero golpe maestro es la vida misma. Buena. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar