“Las llanuras”, es uno de esos libros que descolocan al lector desde la primera página y lo dejan suspendido en un estado de hipnosis, sin trama que lo salve ni brújula que lo oriente. Es una obra que parece escrita desde el espejismo, donde lo visible importa menos que lo insinuado, y en la que la forma —pulida, precisa, enigmática— termina devorando al contenido.
“Las llanuras”, sigue a un director de fotografía que llega a una región árida del interior australiano para estudiar la vida, las creencias y los sueños de sus habitantes —los llaneros— con la intención de rodar una película. Pero lo que empieza como un proyecto documental pronto se convierte en otra cosa: una reflexión suspendida sobre el tiempo, la percepción y la imposibilidad de comprender la realidad. En vez de filmar las llanuras, el protagonista queda atrapado en su contemplación, fascinado por una extensión de tierra que parece mutar a medida que la mira.
Gerald Murnane no escribe una novela en el sentido convencional. En “Las llanuras” no hay personajes con nombre, ni lugares identificables, ni acción. Todo es sugerencia, silencio y pensamiento. El narrador flota entre la observación y la introspección, mientras el paisaje —más mental que físico— se convierte en un espejo de su propio desconcierto. Leer “Las llanuras” es como caminar por una planicie sin horizonte: el terreno parece avanzar, pero uno no se mueve.
Gerald Murnane dinamita las categorías literarias: mezcla ensayo, poesía y filosofía sin pedir permiso.
La narración avanza con una lentitud hipnótica que recuerda al cine experimental, donde la trama no importa y lo que cuenta es el ritmo interior. El lenguaje, elegante y abstracto, funciona como una especie de partitura para los sentidos: no describe, evoca. Lo que Gerald Murnane propone no es tanto una historia como una experiencia perceptiva, un espacio en el que la realidad se disuelve en su propio reflejo.
Y ahí radica su grandeza (y su desafío). “Las llanuras” es un ataque frontal al ego humano, un recordatorio de nuestra pequeñez frente a lo vasto e inasible. Somos —parece decir Gerald Murnane— apenas una mirada perdida dentro de un paisaje que nos rebasa, una débil vibración en una extensión que existía mucho antes de nosotros y seguirá existiendo después.
Hacia el final, el protagonista renuncia a filmar la película. Es un gesto poético: la rendición del artista ante lo que no puede capturar. Las llanuras, en su inmensidad, se revelan inaprensibles. No hay cámara ni palabra capaz de poseerlas. Lo único posible es contemplarlas, como quien observa una niebla que se abre y se cierra sobre sí misma.
Gerald Murnane convierte la nada en materia literaria. Lo suyo no es contar una historia, sino mostrar cómo se desvanece. Y, paradójicamente, ahí donde otros verían vacío, él encuentra revelación: el descubrimiento de que, al mirar las llanuras, en realidad estamos mirando el interior de nuestra propia mente.
Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939), considerado uno de los autores australianos más innovadores, es aficionado a las carreras de caballos y no ha viajado nunca en avión. Exseminarista y maestro de primaria, se licenció en humanidades en la Universidad de Melbourne y, tras pasar unos años como profesor de enseñanza secundaria, desde 1980 dio clases de escritura creativa en distintas universidades. Su obra, de difícil clasificación, se sitúa siempre entre el relato autobiográfico, la ficción y el ensayo. Algunos de sus libros son Tamarisk Row, A Lifetime on Clouds, Las llanuras, Landscape with Landscape, Inland, Barley Patch, A History of Books y A Million Windows. Ha recibido, entre otros premios, el Patrick White Award (1999), el Melbourne Prize for Literature (2009) y el Award for Innovation in Writing del Adelaide Festival Awards for Literature (2010). PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
