Péter Nádas no escribe sobre la muerte: la enfrenta, la disecciona y, en cierto modo, la vive para contarlo. “La propia muerte” —un texto breve, seco y casi quirúrgico— nace del infarto que el autor sufrió en 1993. Un encuentro con el abismo que lo llevó, años después, a intentar ponerle palabras a lo que no las tiene. No hay túneles de luz, ni coros angelicales, ni epifanías: solo un cuerpo colapsando, una conciencia que se apaga y la constatación de que morir, más que un final, es un proceso de disolución.
El ensayo parte de una idea que el filósofo Vladimir Jankélévitch formuló con precisión: la muerte es una tragedia metaempírica. Lo es porque destruye algo único —la vida—, y porque ocurre fuera del alcance de la experiencia. Nadie puede contarla desde dentro. Sin embargo, Péter Nádas se atreve a intentarlo. Lo suyo no es una narración tradicional: prescinde de trama, personajes y emociones decorativas. No hay artificio ni consuelo. Lo que ofrece es la voz de alguien que se está muriendo y, en medio del colapso, intenta observar qué ocurre con su cuerpo, su mente, su tiempo y su espacio.
El resultado es “La propia muerte”, un texto tan despojado como vertiginoso. La prosa de Péter Nádas se mueve entre la filosofía y el testimonio, sin citar autores ni recurrir al aparato académico. Piensa desde la sensación. Cuando el corazón se detiene, el mundo se deshace: los objetos dejan de existir, los sentidos se desconectan y la conciencia se repliega sobre sí misma, intentando comprenderse mientras se desvanece. Husserl y Kant flotan entre líneas, pero sin ser nombrados. Lo que importa no es el pensamiento teórico, sino la experiencia desnuda de un hombre que nota cómo el tiempo y el espacio se diluyen, cómo su cuerpo se convierte en objeto de los médicos, cómo la realidad se disuelve hasta quedarse en nada.
A pesar del dramatismo del tema, “La propia muerte” no es un libro solemne. Hay ironía, incluso un humor sutil, como si Péter Nádas se negara a rendirle a la muerte la grandeza que muchos le conceden. Morirse, parece decir, es también un acto banal, biológico, inevitable. No hay revelación trascendente. Dios no asoma. Solo la conciencia que se apaga y el cuerpo que lucha por volver.
Péter Nádas consigue que el lector acompañe ese tránsito con una mezcla de curiosidad y vértigo. “La propia muerte” es breve —apenas cincuenta y cinco páginas—, pero intensa: un golpe seco al pecho, una experiencia casi física. El texto, traducido y acompañado por un lúcido epílogo de Adan Kovacsics, deja la sensación de haber asistido a algo más que una confesión: a un intento honesto por narrar lo innarrable.
¿Logra Péter Nádas contar su propia muerte? No del todo, porque nadie puede hacerlo. Pero su intento es lo más cerca que la literatura ha estado de ese instante metaempírico donde el lenguaje se queda sin suelo. Al final, su triunfo está ahí: en haber mirado el límite sin adornos, con lucidez y sin miedo. Leerlo, como morir un poco, corta la respiración.
Péter Nádas (Budapest, 1942), escritor, periodista y fotógrafo, es uno de los autores vivos más importantes de la literatura húngara. Su obra de ficción, por la que ha recibido numerosos premios internacionales y el elogio de escritores tan prestigiosos como Susan Sontag —quien lo comparó con el Premio Nobel Imre Kertész, y calificó su Libro del recuerdo como una de las grandes obras del siglo XX—, es un auténtico monumento memorialístico de la historia europea del pasado siglo. En sus ensayos, de rasgos existencialistas, escudriña en profundidad y con precisión la intimidad del ser para ofrecer un retrato poliédrico y universal de la vida y la muerte. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
