Arantxa Echevarría da un salto mortal sin red con “La infiltrada” y cae de pie.
Después de flirtear con el drama (Carmen y Lola), la comedia (Chinas) y la sátira (La familia perfecta), la directora vasca se lanza de lleno al thriller político y psicológico, y lo hace con una historia que no necesita adornos: la de Elena Tejada, una agente de la Policía Nacional que pasó ocho años infiltrada en ETA. Ocho años viviendo una mentira que podía costarle la vida con solo un tropiezo verbal.
La película arranca con una frase que lo resume todo: “Quiero estar en primera línea. Quiero ver cómo termina esto”. Esa determinación marca el tono de una cinta que no da tregua. Carolina Yuste, sencillamente monumental, se mete en la piel de Aranzazu “Arantxa” Berradre (nombre falso de la infiltrada) y entrega una actuación que combina temple, miedo, cansancio y una dignidad silenciosa que se agrieta poco a poco. Frente a ella, Luis Tosar impone con su habitual solidez, encarnando al mentor y controlador emocional de la agente, un “El Inhumano” tan manipulador como fascinante.
Arantxa Echevarría no se limita a narrar una operación policial: disecciona el precio psicológico de la doble vida. La cámara se queda con Carolina Yuste en momentos incómodamente íntimos —una ducha que parece exorcismo, un cepillado de lengua casi autodestructivo— donde la protagonista intenta arrancarse la mentira de la piel. La tensión no viene de las persecuciones o tiroteos, sino de lo insoportable que resulta vivir disfrazada de quien odias.
Lo interesante es que “La infiltrada” no busca héroes. Todos los personajes son piezas en una maquinaria moralmente corroída: los jefes policiales que manipulan, los terroristas que justifican, la protagonista que sobrevive a costa de sí misma. El guion —firmado por la propia Arantxa Echevarría y Amelia Mora— se resiste a sermonear o simplificar, aunque a veces se echa de menos una mirada más política, más arriesgada. El contexto vasco, con toda su carga histórica y emocional, queda en segundo plano: la película opta por el suspense puro, por la claustrofobia del engaño.
Visualmente, “La Infiltrada” es impecable. La fotografía de Javier Salmones envuelve el País Vasco en tonos fríos, húmedos, casi metálicos, que amplifican la sensación de encierro. Cada plano parece respirar peligro. La dirección de Arantxa Echevarría es contenida pero certera: prefiere el pulso narrativo al artificio, la tensión al efectismo. Y lo consigue.
Carolina Yuste se confirma aquí como una de las actrices más potentes del cine español contemporáneo. Su trabajo es físico y emocional: transmite el desgaste, la rabia, el aislamiento. Hay momentos en los que su rostro, simplemente, basta para sostener el peso del drama.
“La infiltrada” no es perfecta. Evita profundizar en el debate político que late bajo la superficie —la delgada línea entre terrorismo y lucha de liberación—, pero compensa con humanidad, ritmo y una puesta en escena precisa. Es cine de nervios y cicatrices, de respiraciones contenidas.
En resumen: un thriller intenso, con alma, y una protagonista que arde desde dentro.
Arantxa Echevarría firma su mejor película ganando un Goya. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
