François Ozon, ese director francés capaz de moverse del vodevil al thriller doméstico sin despeinarse, regresa ahora con Cuando llega el otoño, título azteca que suena a capricho de distribuidor y que además pierde el juego de palabras otoñal del original. Pero bueno, concesiones comerciales aparte, Cuando llega el otoño vuelve a demostrar la habilidad de François Ozon para desenterrar tensiones familiares, viejos rencores y secretos enterrados bajo una capa de hojas secas.
La historia arranca en la campiña de Borgoña, en pleno otoño, donde Michelle Giraud —maravillosa Hélène Vincent, todo fragilidad y contención— vive una jubilación aparentemente apacible. La mujer cocina, cultiva, pasea por bosques dorados y escucha sermones dominicales que insinúan que nadie es exactamente lo que parece. Ya desde el prólogo uno siente que algo huele raro… y no solo los hongos silvestres que Michelle recoge para su famosa sopa.
Cuando su hija Valérie (Ludivine Sagnier, vibrante y corrosiva) llega con su pequeño Lucas, la visita se tuerce: un plato de setas termina con la joven en el hospital y el pueblo, rápido para juzgar y lento para pensar, decide que fue un accidente. La hija no lo compra. Sospecha de su madre, se marcha indignada y le niega la compañía del nieto. Una puñalada emocional más dolorosa que el presunto envenenamiento.
Desde ahí, François Ozon construye una intriga doméstica que serpentea con la calma engañosa de una caminata otoñal: silenciosa en la superficie, pero llena de crujidos bajo las botas. ¿Fue un error de Michelle? ¿Es su memoria la que falló? ¿O hay manos invisibles manipulando el tablero? La sombra de Marie-Claude, la amiga robusta, fumadora compulsiva y de pasado turbulento, siempre ronda. Y su hijo Vincent —recién salido de prisión y contratado para arreglos varios— añade más sospechas al potaje.
La gracia de Cuando llega el otoño es que nunca se entrega por completo. François Ozon administra información con la soberbia del chef que dosifica la sal para que el paladar nunca se confíe. A veces quizá demasiado, escondiendo cartas como si temiera que el misterio se desinflase sin trucos adicionales. Incluso coquetea con lo sobrenatural, un gesto más curioso que necesario, pero que aporta una capa extra de inquietud.
La puesta en escena es pura postal otoñal: bosques apagados, chimeneas que crepitan, lluvia que cae como llanto reprimido. Es imposible no sentirse dentro de esa casa donde el amor, la culpa y la soledad conviven con los muebles viejos. Y en el centro, Vincent despliega una interpretación que mezcla dulzura, vulnerabilidad y algo difícil de nombrar —una especie de tristeza antigua, acumulada en los huesos.
Cuando llega el otoño, sin ser una obra maestra, posee ese magnetismo propio del buen François Ozon: personajes que inspiran afecto sin que dejemos de sospechar de ellos, tramas que avanzan en silencio hasta que, de pronto, se desbordan. Cuando llega el otoño es un relato de sombras familiares, culpas heredadas y secretos que, como las hojas secas, siempre terminan cayendo. Una película que se disfruta por la atmósfera, por la sutileza… y por ese regusto incómodo que deja cuando acaba. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
