Zach Cregger, el mismo que nos hizo temer los alquileres baratos con Barbarian, regresa con “La hora de la desaparición”, una película que se atreve a empezar fuerte: diecisiete niños de primaria salen corriendo de sus casas a las 2:17 de la madrugada y desaparecen para siempre. Una premisa escalofriante, un punto de partida tan potente que uno esperaría no poder despegarse de la butaca. Y durante la primera hora, Zach Cregger cumple. Después… bueno, digamos que el arma se le encasquilla. Buuu.
“La hora de la desaparición” se abre con una voz infantil que narra la tragedia de Maybrook, Pensilvania, mientras la cámara sigue a la maestra Justine Gandy (una Julia Garner impecable, nerviosa, contenida, humana) en medio de un pueblo al borde del colapso. Es un arranque brillante: padres furiosos, policías desbordados, un pueblo que necesita culpables antes que respuestas. Todo apunta a Justine, la maestra que lo perdió todo sin entender cómo. Hasta aquí, el horror es emocional, social, casi documental.
Zach Cregger, que escribe, dirige y produce, estructura “La hora de la desaparición” como un rompecabezas narrativo, al estilo Magnolia. Cada segmento cambia de punto de vista: del dolor de Justine pasamos a un padre devastado (Josh Brolin), a un policía dudoso (Alden Ehrenreich), a un adicto errante (Austin Abrams) y hasta a un director escolar en crisis (Benedict Wong). Es ambicioso, sin duda, pero también una trampa: cada historia nos saca del centro emocional que daba sentido al misterio. Lo que era intriga y tensión se diluye en dispersión y fatiga.
El problema no es la falta de talento —Zach Cregger tiene pulso, ritmo y un ojo quirúrgico para el caos—, sino la ausencia de alma. “La hora de la desaparición” plantea preguntas poderosas sobre la culpa, la comunidad y la indiferencia, pero nunca las contesta. Hay destellos de humor negro, ecos de sátira social y destellos de genialidad visual, pero la historia parece perder interés en sus propios fantasmas. Los niños desaparecidos, motor del relato, terminan siendo un pretexto.
Hacia el final, “La hora de la desaparición” da un giro hacia lo grotesco y sangriento, con un tercer acto tan brutal como gratuito. El público aplaude, la adrenalina sube… pero algo queda vacío. La alegoría —esa vaga reflexión sobre la violencia escolar o la banalidad del mal— se esconde bajo litros de sangre y una villana salida de ese manual de brujas modernas. Es un final que impresiona por lo visual, pero decepciona por lo simbólico.
Y aun así, “La hora de la desaparición” fascina. No por lo que cuenta, sino por lo que insinúa. Es una cinta que juega con el desconcierto, que alterna entre el horror puro y la comedia absurda, que prefiere el espectáculo al sermón. Puede que no alcance la densidad emocional que promete, pero logra algo cada vez más raro en Hollywood: desconcertar.
Zach Cregger no ofrece respuestas. Ofrece una bofetada envuelta en celofán.
“La hora de la desaparición” es un thriller que dispara hacia todos lados, acierta en algunos, falla en otros, pero al menos tiene el valor de apretar el gatillo. Regular. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
