El Rincón del Loco

“Diario de una soledad” de May Sarton

“Diario de una soledad” no se lee: se acompaña. Avanza como un río sereno que no presume de su curso pero deja ver, cuando uno se asoma, el limo del fondo, las piedras, las zonas turbias y esos reflejos inesperados que solo aparecen cuando cambia la luz. May Sarton escribe desde un lugar íntimo y sin coartadas. No intenta convertir su vida en literatura ejemplar ni embellecer el aislamiento: registra. Observa. Se deja estar. Y en ese gesto aparentemente mínimo hay una fuerza poco común.

“Diario de una soledad” empieza con una frase desarmante por su sencillez: “Empiezo aquí. Está lloviendo”. No hay programa, no hay tesis. Solo una mujer en su casa, mirando por la ventana, aceptando que la vida real —esa que cuenta— ocurre ahí, cuando el ruido del mundo se apaga. May Sarton lo dice sin dramatismo: ni los amigos ni los amores intensos constituyen su vida verdadera. Lo verdadero sucede en ese espacio silencioso donde la conciencia se ordena o se desordena sin testigos.

El tono es melancólico, sí, pero no lastimero. Hay cansancio, dudas, una tristeza persistente que no pide auxilio. May Sarton ronda los sesenta años y no está dispuesta a pedir perdón por ello. “No me despojéis de mi edad. Me la he ganado”, escribe, como quien clava una estaca en el suelo para marcar territorio. La edad aquí no es decadencia, es acumulación: de días, de pérdidas, de lucidez. Cada jornada parece traer algo que se va, pero también algo que se entiende un poco mejor.

El eje del diario es una tensión constante entre la vida social y la soledad doméstica. Su casa en Nelson no es un refugio bucólico sino un centro de gravedad. Allí cuida flores, observa colores, atiende animales, escribe. La naturaleza no es ornamento: es método. Un contrapeso necesario para soportar la introspección prolongada. La escritura funciona como talismán, como defensa y como vía de conocimiento. No hay poses místicas: escribir es una manera práctica de seguir viva.

May Sarton cree —como Jane Austen— en la alianza entre imaginación y verdad. Sin ambas, la literatura no llega a ningún sitio. Su estilo es directo, limpio, a ratos áspero y a ratos sorprendentemente tierno. No hay alardes ni frases que busquen aplauso. Y, sin embargo, muchas páginas quedan vibrando después de ser leídas, como si respondieran preguntas que el lector no sabía que estaba formulando.

Es un libro profundamente femenino, en el mejor sentido: atento a experiencias históricamente relegadas, como la vejez de las mujeres, su cansancio, sus contradicciones, su invisibilidad. May Sarton mira de frente a esas mujeres que la literatura suele esquivar: lúcidas, inseguras, fuertes y frágiles a la vez. Pero no se encierra en un gueto de género. La soledad que describe es reconocible para cualquiera que haya tenido que convivir consigo mismo más tiempo del deseable.

“Diario de una soledad” también es un espacio de reflexión sobre el oficio de escribir y sus miserias prácticas. May Sarton no idealiza la figura del autor: le angustia vender libros, sobrevivir en una maquinaria cultural que parece ajena a su tiempo. Hay escepticismo, incluso hastío, pero nunca cinismo. La desesperanza no se convierte en pose intelectual.

Leer este libro puede ser incómodo. Hay momentos en que la tristeza se contagia, y eso dependerá mucho del estado vital del lector. Pero también hay páginas de una pureza extraordinaria, frases que parecen pulidas por el uso honesto del pensamiento. No es un diario para devorar: pide pausa, lápiz, relectura.

“Diario de una soledad” no enseña a estar solo. Enseña algo más difícil: a tolerar, cuidar y, en ocasiones, agradecer la única compañía segura que tenemos —la propia— sin convertirla en mito ni en condena. Un libro pequeño en apariencia, pero de una resistencia silenciosa y profunda.

 

Eleanor Marie Sarton ( Bélgica, 1912- York 1995 ) fue una poeta, novelista y memorialista estadounidense. De origen belga y estadounidense, es considerada una figura contemporánea clave en la literatura estadounidense, así como una ‘poeta de poetas’, y es admirada por críticos literarios y feministas por sus trabajos que abordan temas de género, sexualidad y universalidad. PdC.

Escrito por B. Del Ángel.

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