Hay películas que intentan deslumbrarte… y otras que te tiran brillantina a los ojos esperando que confundas el destello con magia. Los ilusionistas 3 pertenece orgullosamente a la segunda categoría. Por tercera vez —y ya con cierto sonrojo— la saga de los Cuatro Jinetes regresa para recordarnos que Hollywood, cuando se propone reciclar, recicla hasta el polvo del truco.
Ruben Fleischer, que no entrega una película realmente inspirada desde Zombieland, es el encargado de conducir este desfile carnavalesco de magos que hablan demasiado y hacen muy poco. El director es ya el tercer jinete detrás de cámara, después de Leterrier y Jon M. Chu, lo cual dice bastante: ni los propios realizadores quieren quedarse en esta franquicia más de una película.
Aquí vuelven todos los de siempre —Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Dave Franco e Isla Fisher— como si la producción hubiera decidido no dejar a nadie fuera del álbum familiar. Incluso personajes que parecían descartados reaparecen como si se hubieran colado por la puerta de servicio. Para sorpresa de nadie, los Jinetes no estaban desbandados, solo echándose su sabático. Ahora regresan para un espectáculo que, oh sorpresa, no es suyo: un trío de ilusionistas activistas (sí, activistas) los suplanta con un show diseñado para exhibir corruptos. Humor involuntario: tres chicos pretendiendo hacer revolución con hologramas.
Las dos generaciones terminan uniendo fuerzas contra Veronika Vanderberg, interpretada por una Rosamund Pike que hace lo que puede pero termina reducida al cliché de villana que explica meticulosamente por qué es más lista que todos… justo antes de demostrar que no lo es tanto. En medio, aparece Morgan Freeman, como si lo hubieran sacado de un cuarto contiguo y recordado que tenía un cameo pendiente. Uffff.
El gran problema es de fábrica: estas películas confunden magia con efectos digitales, talento con parloteo y misterio con explicártelo todo. Cada escena es una rueda de prensa donde los personajes te explican el truco antes de hacerlo. Es como ver a un chef describirte una receta mientras calienta agua: cero emoción, cero ingenio, cero respeto por el oficio. Cansino.
Los ilusionistas 3 luce, sí. Brilla. Está pulida. Pero carece de alma. Es una vitrina vacía. Y mientras Hollywood atraviesa una crisis de imaginación y taquilla, títulos como este confirman por qué el público ya no confía: son películas hechas por compromiso, por inercia… o por pagar la renta. La verdad.
Lo triste es que el elenco parece saberlo. Muchas líneas suenan leídas, otras recitadas con el entusiasmo de una reunión de lunes. Rosamund Pike intenta salvar la función, pero es difícil nadar cuando todo alrededor se hunde en el pantano del guion automático.
Los ilusionistas 3 es, en esencia, el truco final que nadie pidió. Una película que se evapora de la memoria antes de salir del cine. Si desapareciera del mapa —esa sí sería una ilusión digna de aplauso. Prescindible. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
