El cine de acción siempre ha sido el esperanto del séptimo arte: lo mismo entiendes un derechazo en Helsinki que una explosión en Hong Kong. Y quizá por eso mismo, por ser un lenguaje tan exportable, tan comodín, Sisu: Camino a la venganza deja claro que la universalidad también puede volverse un arma de doble filo. Jalmari Helander firma un filme que avanza como bulldozer: lineal, ruidoso, sanguinario y casi sin aliento… pero también sin demasiada personalidad. Es como si alguien hubiera puesto en “modo automático” un videojuego muy bien coreografiado, pero sin narrativa que lo sostenga.
El viaje arranca justo después de la Segunda Guerra Mundial, con Aatami Korpi —alias El Inmortal, hombre de pocas palabras y menos expresiones— regresando a su antigua casa en territorio que Finlandia perdió ante la Unión Soviética. La escena promete algo íntimo, casi melancólico… hasta que Korpi decide desmontar la cabaña entera, cargarla como si fuera Ikea con ruedas y largarse de vuelta a la frontera. Por supuesto, los soviéticos no están dispuestos a ver pasar al mito viviente tan campante, y liberan a un villano sacado del manual más básico: Igor Draganov, asesino de su familia, con acento ruso de caricatura y sed de venganza prestada.
Lo que sigue es una larga persecución a través de la estepa rusa, con motos, jeeps, tanques, trenes y aviones lanzados como proyectiles humanos. Sisu: Camino a la venganza mira descaradamente a Mad Max: Fury Road y sueña con su furia poética, pero se queda sólo en la superficie: mucha velocidad, mucha chapa volando, muy poca alma. Donde George Miller tejía un mundo mítico, Jalmari Helander ofrece un cómic de guerra estirado a largometraje.
Eso sí: hay estilo. La fotografía de Mika Orasmaa es un agasajo visual que parece salido de un cómic bélico de los años 50. El sonido metálico y cascado de cada vehículo tiene sabor a museo industrial mezclado con rock mugroso. Y en medio de la carnicería, un perro absolutamente encantador hace lo posible por robarnos el corazón mientras el resto de la historia nos recuerda que aquí se vino a destruir, no a sentir.
A nivel de violencia, Jalmari Helander se entrega con gusto a lo inverosímil: chorros de sangre dignos de limpiar con limpiaparabrisas, cuerpos volando con la física de un dibujo animado, y capítulos marcados con estridencia pop que coquetean con Tarantino… sin llegar a su ironía ni a su filo. El resultado es vistoso, pero nunca realmente sorprendente.
Quizá lo más curioso es que Sisu: Camino a la venganza quiere hablar de determinación, trauma y resistencia, pero sus impulsos propagandísticos y su retrato plano del enemigo hacen que esos ecos se desinflen. Al final, Korpi es un símbolo antes que un personaje, un héroe mudo que machaca todo a su paso sin que sepamos si detrás hay sangre o simplemente engranajes.
Sisu: Camino a la venganza cumple: entretiene, ruge, avanza sin compasión. Pero en su empeño por ser pura dinamita, olvida que incluso la acción más salvaje necesita un destello de humanidad para quedarse en la memoria. Regular. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
