A veces una película puede ser un desastre tonal absoluto y aun así funcionar.
“Las chicas del balcón”, segundo largometraje de Noémie Merlant, es exactamente eso: un revoltijo salvajemente divertido que mezcla horror, comedia negra, fantasmas, y un feminismo desaforado que se atreve a mirar a los hombres problemáticos de frente.
Con Céline Sciamma como co-guionista y productora, la directora francesa construye un relato de venganza y solidaridad femenina con un toque sobrenatural que recuerda a un Volver más macabro y juguetón, cargado de colores intensos, humor negro y un espíritu transgresor.
“Las chicas del balcón” arranca en un abrasador día de verano en Marsella, donde la cámara de Evgenia Alexandrova se desliza por balcones sudorosos y cuerpos al sol como un Rear Window tropical. Ahí conocemos a Denise, que pronto pone fin a los abusos de su marido con una pala metálica y un golpe maestro de justicia doméstica: el primer aviso de que aquí las mujeres no vienen a hacer amigas, sino a sobrevivir y vengarse. Pero Denise es solo un prólogo: el foco está en Nicole, Ruby y Élise, tres amigas con una química chispeante y divertida, que viven, aman y sufren a su manera.
“Las chicas del balcón” se complica cuando el fotógrafo Magnani irrumpe en sus vidas. Tras una noche de borrachera y baile, Ruby termina en casa cubierta de sangre, y el trío debe lidiar con el cadáver mientras mantiene la apariencia de normalidad. Por si fuera poco, los fantasmas de hombres abusivos se aparecen, incapaces de admitir sus errores, recordando que el patriarcado no muere ni siquiera después de la muerte. Mientras tanto, Noémie Merlant no teme mostrar la violencia sexual, la presión social y la hipocresía médica, siempre desde un enfoque de cuarta ola feminista: el cuerpo y la sexualidad de una mujer no son invitación ni consentimiento.
“Las chicas del balcón” es un caleidoscopio tonal: slapstick, horror, drama y comedia negra se suceden a un ritmo vertiginoso. Noémie Merlant se divierte explorando la hermandad femenina en situaciones extremas, desde desmembrar cuerpos hasta soportar fantasmas de abusadores, mientras Ruby, Nicole y Élise encuentran fuerza y autonomía. La dirección es ágil y variada: planos largos, handheld tembloroso, ángulos inclinados, y un diseño de producción y música que realzan la sensación de caos controlado.
Si bien algunas subtramas (los fantasmas, el aborto, las visitas al médico) podrían haberse desarrollado con más espacio,“Las chicas del balcón” nunca pierde su energía abrasadora. La comparación con Retrato de una dama en llamas es evidente: Noémie Merlant y Céline Sciamma exploran la autonomía femenina, esta vez no con sutileza romántica, sino con caos, risas y sangre. Lo más potente ocurre en los balcones: mujeres observando, evaluando, resistiendo. Es allí donde “Las chicas del balcón” encuentra su tono más fresco, juguetón y cinematográfico.
Al final, “Las chicas del balcón” deja al espectador exhausto y ligeramente chamuscado, pero con la satisfacción de haber presenciado una celebración radical de la sororidad y la resistencia femenina. Entre fantasmas, gritos, bailes y cuerpos al sol, Noémie Merlant logra algo valiente: un filme que quema, divierte y empodera al mismo tiempo. Un desastre tonal que funciona y promete mucho para el futuro de la directora. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
