A la Tercera

Ellos estuvieron de pie por nosotros… hoy nos toca levantarnos

*Todos queremos llegar a viejos. La pregunta es: ¿qué clase de sociedad queremos encontrar cuando ese día llegue?

Hay escenas que vemos todos los días y, precisamente por eso, dejamos de mirarlas.

Sucede en el Metro, en el autobús, en el tren ligero o en cualquier transporte público. Una persona adulta mayor sube con pasos lentos. Se sostiene del pasamanos mientras el vehículo arranca. Lleva sobre los hombros algo más que una mochila o una bolsa del mandado: carga los años, las historias, las enfermedades, las cirugías, el cansancio… la vida misma.

Frente a ella, varios pasajeros permanecen sentados. Algunos escuchan música con los audífonos puestos. Otros deslizan el dedo por la pantalla del celular. De vez en cuando levantan la vista, descubren que la persona mayor continúa de pie… y vuelven a bajar la mirada.

Es como si la hubieran visto… pero no realmente.

Entonces surge una pregunta que incomoda:

¿En qué momento dejamos de ceder el asiento para dejar pasar la indiferencia?

Las grandes ciudades nos han enseñado a correr. Vivimos pendientes del reloj, de llegar al trabajo, de responder mensajes, de alcanzar el siguiente transporte. Sin darnos cuenta, esa prisa también puede llevarse algo mucho más valioso: la empatía.

La Ciudad de México, como muchas otras metrópolis, representa un enorme reto para la movilidad de las personas mayores. Subir un escalón, mantener el equilibrio en un autobús en movimiento o caminar entre la multitud puede convertirse en un desafío diario.

Y, sin embargo, hay cosas que no requieren grandes inversiones ni obras millonarias.

Requieren voluntad.

Esperar unos segundos antes de subir al transporte.

Ceder un asiento.

No bloquear una rampa.

Respetar los lugares preferenciales.

Ofrecer un brazo para ayudar.

Preguntar simplemente: “¿Le puedo ayudar?”

Son gestos pequeños que, para alguien más, pueden significar la diferencia entre llegar con tranquilidad o sufrir una caída.

La paciencia nos recuerda que cada persona camina a su propio ritmo.

La tolerancia nos enseña que todos, si la vida nos lo permite, llegaremos a esa etapa.

La comprensión nos invita a mirar más allá de las apariencias y reconocer que detrás de un paso lento puede haber una rodilla lastimada, una operación reciente o un corazón cansado.

Y el respeto se demuestra con acciones mucho más que con palabras.

Por supuesto, las autoridades tienen la responsabilidad de crear ciudades accesibles, fortalecer la infraestructura y mantener campañas permanentes de concientización. Pero ninguna política pública puede reemplazar un gesto de humanidad.

La cortesía no se construye con concreto.

Se construye con personas.

Quizá la próxima vez que subamos al transporte público valga la pena levantar la vista del teléfono durante unos segundos.

Tal vez descubramos que alguien necesita un asiento mucho más que nosotros.

Porque la manera en que tratamos hoy a las personas mayores habla, en realidad, del lugar que estamos construyendo para nosotros mismos.

Después de todo, todos esperamos llegar a viejos. Ojalá, cuando ese día llegue, alguien también decida levantarse para hacernos un lugar.

Porque una ciudad verdaderamente grande no se mide por el tamaño de sus avenidas, sino por la capacidad de su gente para cuidar a quienes caminaron primero por ellas. PdC.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar