Escenas Urbanas Reales…

A veces, los encuentros más comunes en nuestro día a día esconden las preguntas más profundas. Hoy en Pláticas de Café les comparto una pequeña crónica urbana, una historia completamente real sobre un personaje misterioso que me hizo pausar mis pasos y mirar la vida desde otra perspectiva. Los invito a leer:

 El rastro de las hojas secas

A la distancia lo vi venir. Lo reconocí porque, como siempre que me he topado con él, veo cómo con la mano izquierda sostiene su pantalón desde la cintura. El primer día que lo conocí, pensé que tenía temor de que se le cayera, pues quizá le quedaba holgada la prenda y había olvidado ponerse el cinturón. Pero no; al momento de pasar junto a él, observé que sí lo llevaba puesto. Entonces pensé: a lo mejor eso de caminar sosteniéndose el pantalón es solo un tic.

Esta escena no es lo único que me llamó la atención del señor; hay algo que hasta la fecha, cada que lo veo por las calles de la colonia, mi intriga a tal punto que dejo a un lado mis pensamientos y bajo el ritmo de mis pasos para observar lo que, de manera concentrada, hace meticulosamente.

Pero déjenme les aclaro que el hombre del que les hablo no es una persona que viva en situación de calle; no, nada que ver. Él es un hombre de aspecto pulcro, quizá cercano a los 70 años. La forma en que viste me hace pensar que le dedica tiempo a su presencia, pues va bien afeitado y peinado, y además combina muy bien las prendas y sus colores.

No sé si trabaja, pero tiene un horario en el que pasa por la calle principal de la colonia. Por las mañanas es seguro verlo a las 10 y por la tarde, a las 3, ya viene de regreso. ¿De dónde? Solo él lo sabe. A veces, quizá se siente cansado o acalorado y se sienta en la barda de las jardineras que bordean la calle a tomarse un refresco o a ver pasar la vida… Después reinicia su marcha… y justo lo que les voy a platicar es lo que me intriga.

De manera meticulosa se detiene en cada arbusto que se topa y, con mucho cuidado, quita cada hoja seca y la tira a su paso. Camina otro poco, se toma su tiempo para escogerla; escudriña cada centímetro del arbusto, busca la hoja seca y con mucho cuidado la corta y la tira… y así, lentamente, va caminando cada centímetro de la calle “podando” las hojas de los racimos que cuelgan por las bardas de las casas o de los arbustos de la calle.

A veces no coincido con la hora en la que pasa por esa calle, que es también mi camino asiduo. Pero al ver las hojas secas tiradas junto a la pared, en hilera, es el indicador de que él ya estuvo ahí, que ya pasó por ahí… Cada que lo veo podar las hojas y noto la manera tan delicada en que lo hace, me cuestiono: ¿por qué lo hace?, ¿qué significa para él?, ¿qué lo motiva?

¿En dónde está la enseñanza de este relato? Quizá no la tiene, no está en ninguna de estas líneas. Pero lo que sí puedo decir es que este relato me hizo darme cuenta, en el ritmo natural de la vida —trabajo, familia, hijos, pendientes, ta, ta, ta…—, que me lleva a preguntarme cuántos detalles he dejado pasar. Cuántas historias pasaron a mi lado, cuántos sucesos, cuántos detalles de la vida dejé pasar por ir ensimismada en mi ritmo, en mis pasos, en mi propia historia. PdC. ☕

Y a ti, en medio del ajetreo del día a día, ¿qué pequeños detalles o historias te han hecho detener el paso últimamente? ¡Me encantará leerlos en los comentarios!

Foto y Texto: Pláticas de Café.

 

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