Historias Comunes

A los distintos, con rabia y cariño

Por Bernat del Ángel.

Este no es un texto de autoayuda. No es una oda meliflua al amor propio ni un manual de superación con frases de taza de Starbucks. Es, si acaso, un brindis desde la trinchera. Una carta para los que nunca encajaron en el rompecabezas mediocre de lo establecido. Para los bichos raros, los disidentes del molde, los que nunca tuvieron el don de pasar desapercibidos.

Para ti, que alguna vez fuiste motivo de burla en el patio de recreo, la diana humana de las bromas ajenas, el que no sabía bailar reguetón ni vestía como influencer de mercadillo. Para ti, que a fuerza de ser distinto te volviste invisible. Estas líneas van cargadas con pólvora y ternura.

Sí, tú. El que callaba en clase, mientras los demás gritaban estupideces. El que dibujaba en los márgenes del cuaderno cuando lo que se esperaba era obedecer. El que sabía conjugar verbos imposibles, sentir emociones indecibles, pensar preguntas impertinentes. Tú que lloraste por no ser “normal”, sin saber que la normalidad es solo una dictadura de los mediocres.

Ser raro —créeme— es una fortuna. Aunque pese. Aunque duela. Aunque te cueste amigos, novias, trabajos o alguna que otra visita al psicólogo. Porque el mundo, ya lo irás viendo, se construyó gracias a tipos que no encajaban: lunáticos, locos, librepensadores, desobedientes. Tipos que hablaban solos, que miraban las nubes en vez de seguir la fila. El futuro es de los inadaptados, no de los obedientes con título.

Tienes lo más raro que puede tenerse: una voz propia. Algo tan escaso que la mayoría vive plagiando estilos ajenos, repitiendo frases prefabricadas como cotorras sin alma. Ustedes no son fotocopia de nadie. Son originales, y lo original, por definición, incomoda.

En un mundo donde todos se mueren por ser aceptados, tener personalidad es un acto subversivo. Así que sí: te mirarán raro, te criticarán, te excluirán de fiestas, de ascensos, de likes. Pero un día, y esto lo firmo con sangre, dejarán de ser raros para convertirse en referentes. Pasarán de perseguidos a seguidos. De ser “el rarito de la oficina”, a que todos quieran “ser como tú”.

Y ese día llegará. Más pronto de lo que crees. Y cuando llegue, cuando el mundo te mire con hambre de inspiración y copias baratas de tu autenticidad, haz lo correcto: perdónalos… o no. También puedes mandarlos a tomar por saco con una sonrisa de medio lado. Eso también es elegante.

Porque tener dignidad en esta época de postureo es heroico. Porque el verdadero lujo es no necesitar aprobación de nadie. Porque el único éxito que merece la pena es poder mirarse al espejo sin ganas de escupir.

A los raros, los distintos, los inadaptados: no cambien. Que cambie el mundo. Que tropiece con sus propias mentiras. Las apariencias son trampas para imbéciles. La verdad grita ahí dentro, como un grillo testarudo en la noche. Escúchala. Cuídala. Protégela. Es lo único que tienes que nadie te podrá robar jamás.

Porque lo difícil no es encajar. Lo difícil es conservarse intacto en un mundo que te quiere de rodillas.

Así que levanten la copa, brujos, lunáticos, raros sin remedio. El mundo es suyo, aunque aún no lo sepa. Salud. PdC.

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