Colores del tiempo es ese raro ejercicio cinematográfico que te toma de la mano, te saca del presente sin pedir permiso y te lanza a un viaje donde la historia familiar, el arte y la memoria se entrelazan con una naturalidad pasmosa. Cédric Klapisch firma aquí uno de sus trabajos más encantadores: una película que vibra con espíritu aventurero, que respira belleza en cada encuadre y que abraza el poder de la creatividad como si fuera un refugio colectivo.
Todo comienza con una casa en ruinas en el norte de Francia, víctima lejana de un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial. Lo que podría haber sido una simple transacción inmobiliaria se convierte en una reunión improbable: cuatro primos lejanos —Seb, creador digital; Abdel, maestro a punto del retiro; Céline, ejecutiva que vive pegada al celular; y Guy, apacible apicultor— convocados para decidir qué hacer con la propiedad de Adèle Meunier. Lo que descubren en el lugar —pinturas, fotografías, cartas torpes dictadas por analfabetos enamorados— despierta una curiosidad que desborda cualquier plan de venta rápida.
A partir de ahí, Cédric Klapisch juega con dos líneas temporales que se iluminan mutuamente. Por un lado, la Francia contemporánea y su desfile de videollamadas, ayahuascas improvisadas, romances inesperados y una camaradería que surge como si siempre hubiera estado allí. Por el otro, la París de finales del siglo XIX donde una joven Adèle —interpretada con una mezcla irresistible de fortaleza e ingenuidad por Suzanne Lindon— emprende la búsqueda de su madre y termina sumergida en la efervescencia artística de la Belle Époque. Monet, Nadar e incluso Sarah Bernhardt cruzan fugazmente la pantalla, no como estampitas de museo, sino como piezas vivas de un ecosistema creativo que parecía brotar del aire.
Colores del tiempo fluye como si fuera sencilla, pero su engranaje es minucioso. La recreación de época es deslumbrante sin ser solemne; los saltos entre tiempos se sienten orgánicos; y el guion se mueve con una ligereza juguetona que nunca pierde profundidad. Hay humor, sí, pero también una fe inquebrantable en la bondad, en esos gestos cotidianos que hacen comunidad casi sin darnos cuenta. Cédric Klapisch evita el cinismo con una insolencia deliciosa: muestra a sus personajes equivocándose, riendo, tropezando, aprendiendo… pero siempre cuidándose.
La joya del asunto es cómo Colores del tiempo convierte la investigación familiar en algo más que un trámite genealógico: es un espejo emocional. Mientras los primos descifran quién fue Adèle, también descubren quiénes son ellos, qué desean preservar, qué necesitan soltar y cómo los lazos más improbables pueden convertirse en hogar. Incluso cuando la historia se permite un toque fantástico —un guiño travieso que no voy a destripar— la película jamás sacrifica su calidez.
Al final queda una sensación luminosa: la idea de que todos cargamos un legado invisible, hecho de arte, recuerdos y decisiones que nos preceden. Y que, con suerte, también podemos construir algo hermoso para quienes vengan detrás. Colores del tiempo no sólo lo dice: te lo hace sentir. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
