Historias Comunes

De la culpa al cáncer: anatomía de una civilización histérica

Por Bernat del Ángel.

Charlando con unos colegas en un congreso —de esos donde la gente disimula el tedio con Power Points y cafés aguados— me soltaron una noticia que me dejó rumiando días enteros.

Al parecer, un estudio de Harvard, serio y documentado, concluía que los pacientes en instituciones psiquiátricas no desarrollan cáncer.

Ni uno.

El factor determinante: la ausencia de culpa.

Y ahí me quedé, mirando mi taza de café con el mismo desconcierto con que se mira una cuenta bancaria vacía.

¿Cómo diablos se digiere algo así?

Resulta que los que perdieron la razón viven más sanos que los cuerdos. Que la locura, esa vieja amiga temida, es más terapéutica que la cordura recatada con la que pretendemos sobrevivir.

De pronto comprendí que la verdadera enfermedad de nuestro tiempo no es el estrés, ni el colesterol, ni la gastritis emocional: es la culpa.

Esa peste moral que corroe, oxida y mata con guantes blancos.

Vivimos intoxicados de ella.

Culpa por comer, culpa por no amar lo suficiente, culpa por ganar, por perder, por no contestar el mensaje, por no meditar a diario, por no tener el cuerpo de un anuncio de yoga y el alma de un gurú tibetano.

Y claro, el cuerpo, que es sabio pero vengativo, acaba pasándonos la factura.
No hay radioterapia que cure la vergüenza de haber vivido sin permiso.

Los locos, en cambio, son libres.

No sienten remordimientos porque no reconocen el delito.

No cargan con el peso de la opinión ajena, ni con la obligación de ser ejemplares, productivos o sensatos.

No viven atados al látigo invisible del “deber ser”.

Y por eso, paradójicamente, están más vivos que nosotros, los sensatos que marchamos con nuestras culpas al cuello, como perros obedientes camino del matadero.

Harvard, con su habitual flema científica, solo ha venido a confirmar lo que ya intuían los viejos poetas y los borrachos lúcidos de los bares: la locura no enferma; enferma el miedo a ella.

Tal vez deberíamos aprender algo de esos internados que ríen sin motivo, que cantan sin afinación, que hablan con el aire y no esperan respuesta.
Nosotros, los cuerdos de manual, calculamos cada palabra, editamos nuestros sentimientos y nos medicamos para poder seguir fingiendo.

Ellos, los locos, viven sin filtros, sin hashtags, sin terapias de productividad emocional.
Y, mira tú por dónde, no tienen cáncer.

El problema no es el mundo. Es nuestra forma de rumiarlo.

Esa necesidad de controlarlo todo, de explicar lo inexplicable, de convertir la vida en una hoja de Excel sentimental.

Nos han enseñado a disculparnos hasta por existir.

Y así vamos, con el alma llena de remordimientos, buscando redención en dietas detox y frases de Paulo Coelho.

Quizá la cordura sea una pandemia silenciosa, y la locura, un antídoto que no nos atrevemos a probar.

Porque, admitámoslo, el cuerdo moderno es un mártir elegante: trabaja, paga impuestos, pide perdón y muere a tiempo.

Mientras el loco —bendito sea— vive sin calendario, se ríe de sus fantasmas y no guarda rencor ni hacia el espejo.

Yo, por mi parte, empiezo a sospechar que la salud mental y la física son amantes inseparables.
Y que la culpa, ese cáncer invisible, es la verdadera metástasis del alma.

Así que, si me permiten un consejo de sobremesa: la próxima vez que la vida les dé motivos para sentirse culpables, háganse un favor.

No se disculpen, no se autoflagelen, no se anulen.

Vayan al parque, hablen con los pájaros, canten en el coche, besen sin pedir permiso.
Y si alguien los llama locos, sonrían con toda la insolencia del mundo.

Porque, a fin de cuentas, Harvard lo dijo primero: los locos no tienen cáncer.
Y a este paso, los cuerdos tampoco tendrán alma. Anota. PdC.

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