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El conjuro 4: Últimos ritos

“El conjuro 4: Últimos ritos” llega con esa ansiedad que uno espera de un cierre de saga: nerviosa por no decepcionar, temerosa de cortar demasiado rápido, y cauta al asumir riesgos.

El conjuro 4: Últimos ritos” sabe lo que es: un regreso a lo básico, pensado para darles a Ed y Lorraine Warren el tipo de despedida poltergeist que los fans del universo esperan. Para quienes aman la franquicia, hay ternura y homenajes; para los recién llegados, la sensación de déjà vu será inevitable.

El conjuro 4: Últimos ritos” retoma a los Warrens en 1986, retirados parcialmente, mientras su hija Judy (Mia Tomlinson) empieza a manifestar poderes psíquicos y se ve arrastrada al mundo de lo sobrenatural. Paralelamente, la familia Smurl en Pennsylvania sufre un acecho demoníaco clásico: juguetes que cobran vida, espejos maliciosos y sombras que acechan. La novedad es que ahora los Warrens mismos son vulnerables, lo que añade una dimensión más íntima a esta entrega. La relación entre Lorraine, Ed y Judy es sorprendentemente entrañable; Mia Tomlinson aporta realismo y química frente a Vera Farmiga, mostrando a una hija que intenta vivir una vida “normal” mientras lidia con lo extraordinario.

Michael Chaves, que ya dirigió La monja II y El diablo me hizo hacerlo, logra rescatar la estética de la serie, recordando al primer film de James Wan sin caer en la exageración caricaturesca del tercer episodio. La dirección ofrece movimiento de cámara ágil y visuales cuidadosos, devolviendo al espectador a la atmósfera tensa y oscura que caracteriza a la franquicia.

Cuando quiere asustar, El conjuro 4: Últimos ritos” lo consigue: fantasmas aterradores, demonios implacables y sets escalofriantes mantienen la atención. La introducción de figuras icónicas como Annabelle, aunque algo forzada, genera esos escalofríos clásicos que los fans adoran.

Sin embargo, El conjuro 4: Últimos ritos” sufre de un síndrome de identidad: alterna entre el terror más intenso y momentos ligeros o incluso cómicos, como un mini-montaje de ping-pong con David Bowie sonando de fondo. Este vaivén tonal diluye parte de la tensión, dejando que el terror solo funcione en la mitad de las escenas. La estructura también genera problemas: la historia de los Smurl queda relegada a segundo plano hasta el último tercio, mientras los Warrens ocupan casi todo el tiempo en pantalla, restando foco a la acción demoníaca principal.

A pesar de los altibajos, el clímax logra combinar el espectáculo con la emotividad: paredes que explotan, telequinesis infernal y demonios que acechan, pero siempre con un trasfondo sentimental que remata la relación familiar y la protección de Judy. Vera Farmiga y Patrick Wilson, veteranos de la saga, continúan evolucionando como personajes y se despiden con dignidad; su química y carisma son, como siempre, el alma del filme.

En definitiva, El conjuro 4: Últimos ritos” es un cierre entretenido, seguro para los fans y con suficientes sustos para justificar el boleto. No reinventará el género ni superará a las primeras entregas, pero ofrece un adiós cálido y escalofriante para la pareja más famosa de cazadores de fantasmas del cine moderno. Es un cierre con sabor a nostalgia, un poco desigual, pero que cumple con su cometido: darles a los Warrens el último viaje que merecen. Buena para cerrar ciclo. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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