A la Tercera

El Oleaje de la Memoria

Por el Cronista del Mar

Hay una edad en la que el tiempo deja de ser un perseguidor para convertirse en un acompañante silencioso. Para quienes ya peinamos canas —o dejamos que el viento se las llevara—, el mar de Veracruz no es solo un paisaje; es un confesionario de sal y una farmacia para el espíritu.

Como Cronista del Mar, he visto a miles recorrer nuestras costas, pero hay algo profundamente sagrado en el andar por la orilla de una persona de la tercera edad. Es un paso que no lleva prisa, porque ya se llegó a donde se tenía que llegar. Es el ritmo del alma buscando su propia marea.

Un recorrido por la paz

Nuestras playas son distintos capítulos de un mismo libro de redención:

Mocambo: Con su oleaje suave y su horizonte abierto, es el lugar ideal para el reencuentro. Caminar por su arena dorada mientras el sol de la tarde cae es como recibir un abrazo de la vida misma. Aquí, el bullicio se vuelve murmullo, permitiendo que uno escuche sus propios pensamientos.

Antón Lizardo: Lejos del ruido urbano, esta joya nos ofrece la inmensidad. Sus aguas tranquilas invitan a la introspección. Es aquí donde el horizonte parece recordarnos que nuestras preocupaciones, por grandes que parezcan, son apenas una gota en el océano.

Chachalacas: Sus dunas monumentales nos enseñan sobre la persistencia y el cambio. Caminar entre la arena que el viento moldea a su antojo es entender que nosotros también podemos reinventarnos, sin importar cuántos años sume el calendario.

El respiro del alma: Perdonar y perdonarse

Llegar a la madurez de la vida es, a menudo, cargar con un equipaje lleno de “hubieras” y cicatrices antiguas. Sin embargo, el mar tiene una cualidad mágica: su capacidad de borrar huellas.

Caminar por la playa es un ejercicio de despojo. Con cada paso que damos sobre la arena mojada, dejamos una marca que el agua, inevitablemente, se llevará. Ese es el gran aprendizaje del veracruzano: el perdón.  “Perdonar a los demás es un acto de justicia; perdonarse a uno mismo es un acto de amor.”

Estar en paz con uno mismo requiere mirar hacia atrás sin ira. El sonido rítmico de las olas funciona como un metrónomo que ajusta los latidos del corazón cansado, recordándonos que mientras haya aire en los pulmones y sal en la piel, siempre es buen momento para soltar los rencores. Es un respiro profundo que nos reconcilia con la existencia, permitiéndonos decir: “Gracias, vida, porque nada me debes; gracias, vida, porque estamos en paz”, parafraseando a Amado Nervo.

La invitación del Cronista

A usted, que siente el peso de los años en los huesos pero mantiene la juventud en la mirada, le digo: vaya al mar. No necesita compañía, pues el océano es el mejor interlocutor. Deje que el agua le lave los pies y que el salitre le purifique la memoria.

En Veracruz, el mar no solo baña nuestras piernas; limpia nuestras historias. Venga a caminar, venga a respirar y, sobre todo, venga a reconciliarse con el maravilloso milagro de estar vivo. PdC.

Foto de Mustafa  Baarouss.

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