Por Bernat del Ángel.
Tener fortuna, amigo mío, no tiene nada que ver con tener dinero. Ni cuentas llenas ni cochazos ni champán del caro que sabe a colonia. No. Fortuna es que no te importe un carajo perderlo todo, porque ya te lo diste a ti mismo. Fortuna es no tener que bajarte los calzones por un cheque, ni agachar la testuz ante un jefecillo con ínfulas de César.
Confundir fortuna con riqueza es como confundir el amor con la dependencia emocional, o la educación con la urbanidad. Es como pensar que por tener un reloj caro sabes en qué hora de tu vida estás.
Fortuna es enamorarte a sabiendas de que no te van a corresponder. Y aún así apostar todo, como un ludópata emocional que sabe que la banca siempre gana, pero no por eso deja de jugar. Porque fortuna es eso: no recibir algo, sino ser capaz de darlo todo sin mendigar una migaja.
Los afortunados no son los que siempre ganan, sino los que saben qué jamás están dispuestos a perder. La dignidad, por ejemplo. La risa. La paz. O el alma, que algunos vendieron tan barato que da pudor mencionarlo.
Tener fortuna es que te paguen por hacer lo que tú harías aunque tuvieras que pagar por ello. Es que te llamen loco por seguir tu vocación, cuando ellos siguen su nómina. Es saber que si se hunde el barco, tú te ahogas cantando, pero con la honra intacta.
Porque la fortuna no es complaciente. Es esa voz interna que no te deja dormir cuando te traicionas, y que te aplaude en silencio cuando haces lo correcto, aunque nadie lo vea. Fortuna es tener enemigos que valgan la pena, no pelagatos. Que tus batallas no sean de patio de colegio, sino de guerra civil. Que no te insulten por deporte, sino por respeto. Porque los mediocres te odian cuando te mantienes firme y ellos ya se han arrodillado.
A veces la fortuna se disfraza de crítica dura, de bofetón en mitad de la autoestima. Pero si duele y enseña, bienvenida sea. Peor es la adulación hipócrita de los lameculos de turno, que no dicen lo que piensan porque hace años que no piensan nada.
Y sí, tener fortuna es también hablar con honestidad. Esa virtud en extinción que incomoda más que un espejo en casa ajena. La honestidad, esa arma cargada de consecuencias. Ojalá todos habláramos con ella. No sé si nos iría mejor, pero al menos sabríamos a qué atenernos. Que cada quien llevara su miseria a la vista, como condecoración del que ha vivido y no sólo ha pasado por la vida.
Hay quien cree que la fortuna cae del cielo, como maná o beca. Pero no. La fortuna se forja en cada “no” que das cuando te piden que te traiciones. En cada “sí” que dices aunque tiemblen las rodillas. Fortuna es tener el coraje de ser tú mismo en un mundo que paga por copias y crucifica a los originales.
Y si tras todo esto sigues pensando que fortuna es una cuenta con siete ceros, mi más sentido pésame. No es que seas pobre. Es que estás irremediablemente jodido.
Porque al final, entre el amor no correspondido, las vocaciones que no pagan y los enemigos con clase, uno termina brindando solo, pero feliz. Con los bolsillos vacíos y el alma llena. Y eso, señoras y señores, no lo compra ni el rey de bastos con la reina de corazones en cueros. PdC.
