Historias Comunes

Haz arte, maldita sea, aunque no sirva para nada

Por Bernat del Ángel.

Hay una idea subversiva, casi revolucionaria, en eso de hacer arte sin propósito.
Sin buscar aplausos, sin mendigar likes, sin colgarlo en Instagram con un filtro que te haga parecer Van Gogh en Prozac.

Hacerlo porque sí. Porque te da la gana. Porque algo dentro se remueve y exige salir.
Y porque —demonios— de vez en cuando conviene recordarse que uno no es solo un número de nómina ni una sombra con Wi-Fi.

Practica cualquier arte, aunque lo hagas como un patán.

Canta como si te hubieran pisado el alma.

Dibuja aunque tus manos sean dos garfios torpes.

Baila con la gracia de un camello en patines.

Hazlo igual.

Porque el arte, en su esencia más pura, no sirve para nada útil.

Y ahí radica su poder.

Vivimos rodeados de esa peste moderna llamada productividad: todo debe generar, rendir, monetizar, acumular.

Hasta la inspiración se cotiza.

“¿Y de eso se vive?”, te preguntan, con esa mirada bovina de quien ha vendido su espíritu por un plan dental.

No, querido. De eso no se vive. Eso es lo que te mantiene vivo.

Haz arte y guárdalo.

Haz arte y rómpelo.

Haz arte y tíralo por el retrete si te da la gana.

No hay que publicarlo, no hay que justificarlo, no hay que convertirlo en una marca personal con logo, tipografía y plan de contenidos.

Hazlo porque dentro de ti algo late, y no soporta seguir encerrado.

Y cuando acabes, cuando mires ese poema absurdo o esa pintura torpe que parece hecha por un orangután deprimido, descubrirás el milagro: no necesitabas hacerlo bien, solo necesitabas hacerlo.

El arte, entendido así, no busca aplausos ni vitrinas.

Es un acto de resistencia íntima.

Una rebelión diminuta contra la mediocridad general.

Un recordatorio de que aún puedes sentir, joder, y eso ya es una hazaña.

Imagínate a tu gato como Drácula, y dibújalo con colmillos y capa.
Hazle un retrato a la vecina que te sonríe con ese aire de tragedia mediterránea.
Escribe un poema sobre el olor del café o sobre la tristeza de los paraguas.
Y luego destrúyelo todo, como un dios cansado de su propia creación.
Porque el arte, cuando es verdadero, no necesita testigos.

El mundo está lleno de impostores que fingen sentir.

Que posan con su tristeza a contraluz, buscando la validación del algoritmo.

Tú no.

Tú haz arte como quien reza sin saber a quién.

Como quien lanza una botella al mar sabiendo que nunca habrá respuesta.
Como quien se desnuda en la oscuridad y al fin se ve.

El arte no cura, pero consuela.

No salva, pero acompaña.

Y en estos tiempos de ruido, postureo y almas hipotecadas, eso ya es casi un milagro.

Practica cualquier arte, aunque sea un desastre.

Porque la perfección es de los aburridos, y la belleza de los que se atreven.

Hazlo sin miedo, sin método, sin meta.

Hazlo para que el alma no se oxide.

Para que no te trague el fango de la rutina ni la estupidez cotidiana.

Hazlo para ti, que no es poca cosa.

Y cuando el mundo se te venga encima con su catálogo de urgencias y estupideces,
cuando te digan que eso no sirve para nada, ríete.

Levanta la copa, brinda contigo mismo y piensa:

Tanto ruido, tanta prisa, tanto juicio… y al final, lo único que valía la pena era esto: el arte de no servir para nada.PdC.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar