Miscelánea

Imbéciles funcionales y trepadores subvencionados

Por Bernat del Ángel.

Hay una confusión moral peligrosísima que se ha puesto de moda: la de creer que todos merecen lo mismo hagan lo que hagan. Que el esfuerzo es opcional, pero la recompensa obligatoria. Que estudiar, trabajar, forzarse o madrugar es una afición exótica, mientras cobrar, exigir y pontificar es un derecho humano básico. Y no. No funciona así. Nunca ha funcionado así. Ni siquiera en los panfletos.

Si una persona no quiere estudiar, no quiere trabajar o no quiere forzarse, a mí me parece estupendo. Lo respeto. Tiene, como decía con ironía lúcida el yerno de Marx —Paul Lafargue—, el sacrosanto derecho a la pereza. Magnífico. Nadie debería ser obligado a ambicionar nada. Pero que no se equivoque: el derecho a la pereza no incluye el derecho al mismo resultado que quien se ha dejado la piel.

Lo que no es respetable —ni justo, ni decente— es pretender vivir igual que quien sí estudió, sí trabajó y sí se forzó. Lo que no es tolerable es exigir los frutos del esfuerzo ajeno como si fueran renta natural del aire. Eso no es igualdad: es parasitismo moral con barniz ideológico.

Y ahí aparecen ellos: los imbéciles funcionales, los advenedizos, los trepadores profesionales, los cínicos mantenidos del presupuesto, esa fauna subvencionada que confunde derechos con pagas y justicia social con barra libre. Gente que no ha levantado una piedra en su vida, pero da lecciones desde tribunas pagadas por otros. Parásitos con discurso, que es la forma más tóxica del parásito.

No producen, pero opinan. No crean, pero exigen. No arriesgan, pero reparten culpas. Viven de lo público como si fuera botín, no como responsabilidad. Y encima se permiten el lujo de despreciar a quien sostiene el tinglado. Porque el cinismo, cuando se instala, se vuelve insolente.

Se ha construido una narrativa dulzona según la cual el mérito es sospechoso, el éxito es culpable y el esfuerzo es casi obsceno. Trabajar mucho es de ingenuos. Estudiar es de pendejos. Prosperar es de explotadores. Lo verdaderamente moderno es no hacer nada… pero cobrar como si hubieras hecho todo.

El problema no es la pereza. La pereza es humana, comprensible y hasta necesaria a ratos. El problema es la pereza con derechos adquiridos. La pereza subvencionada. La holgazanería moral elevada a sistema. Cuando el vago no solo descansa, sino que además exige aplauso y salario, algo se ha podrido en el contrato social.

Porque la justicia no consiste en igualar resultados, sino en igualar oportunidades. Lo otro es trampa. Es decirle al que se esforzó que fue un idiota por hacerlo. Es premiar la indolencia y castigar la constancia. Es invertir la lógica básica de cualquier sociedad que aspire a algo más que a la mediocridad gestionada.

Y luego se sorprenden de que no haya innovación, ni productividad, ni futuro. Se preguntan por qué todo se estanca, por qué el talento huye, por qué los que pueden se van. Misterio insondable. Quizá tenga que ver con convertir al esfuerzo en una rareza y al mantenido en modelo.

Lo más obsceno no es que existan estos personajes —siempre han existido—, sino que ocupen cargos, micrófonos y despachos. Que dicten normas quienes jamás cumplieron una.

Que gestionen presupuestos quienes no saben generar valor. Que decidan sobre el trabajo ajeno quienes viven de no trabajar.

No, no es odio al pobre. Es desprecio al caradura. No es aporofobia. Es alergia al impostor. A la mediocridad engreída. Al vago con retórica. Al trepador que confunde justicia con revancha.

Que cada quien viva como quiera. Pero que nadie pretenda vivir igual sin haber hecho lo mismo. Porque cuando el esfuerzo deja de importar, lo único que queda es el reparto de ruinas. Y en ese reparto, curiosamente, siempre ganan los mismos: los parásitos con discurso y manos limpias de trabajo.

Yo estudié. Yo trabajé. Yo me forcé cuando nadie miraba y no había aplausos. Me equivoqué, me caí, pagué mis errores y seguí. No le debo nada al sistema ni me mantiene ningún dogma. Por eso no acepto lecciones de dignidad de quien vive del esfuerzo ajeno ni discursos de justicia de quien jamás arriesgó nada propio. Si eso me hace antipático, que así sea. Prefiero ser antipático que parásito. Porque al final, cuando se apagan los focos y se acaba el dinero de otros, solo queda una pregunta incómoda: ¿qué hiciste tú para merecer lo que exiges?

Y el silencio que sigue suele ser la respuesta más honesta. Anota. PdC.

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