Hay películas que saben exactamente lo que hacen. “La orquesta desentonada” —titulada originalmente La Petite Marche— no intenta reinventar el cine social ni transformar el drama familiar, pero lo que se propone lo ejecuta con maestría, precisión emocional y una partitura sentimental que difícilmente desafine ante el gran público. Emmanuel Courcol, que ya había tanteado este terreno con El triunfo (sí, aquella de Beckett en la cárcel), regresa con otro cóctel eficaz: hermanos separados por el destino, un diagnóstico que sacude la existencia y la música como puente para reparar lo irreparable.
Thibaut (Benjamin Lavernhe) es un director de orquesta de renombre internacional, con pentagramas por almohadas y la agenda llena de conciertos. Hasta que la vida le tira una nota disonante: tiene leucemia y necesita un trasplante de médula. La búsqueda lo lleva a descubrir algo más demoledor que su enfermedad: fue adoptado y tiene un hermano biológico que sus padres biológicos decidieron no llevarse. Así aparece Jimmy (Pierre Lottin), un trabajador de cafetería, miembro de una banda popular, con trombón en mano y orgullo obrero a flor de piel. Lo demás —una transfusión, un reencuentro, una sonata de heridas— se toca solo.
“La orquesta desentonada” se balancea entre el retrato social amable y el melodrama sin caer en el sermón ni en la lágrima fácil. Emmanuel Courcol no pretende incomodar ni alzar la voz; más bien ofrece una reconciliación emocional entre dos mundos —el elitista y el obrero— sin demasiado filo político. ¿Idealista? Sí. ¿Naíf? Un poco. ¿Conmovedora? Mucho. El Bolero de Ravel, omnipresente, sirve de hilo conductor entre estos dos hombres que comparten sangre y talento, pero cuyas vidas han seguido partituras opuestas.
La crítica más incisiva podría decir que “La orquesta desentonada” evita deliberadamente los bordes afilados de la realidad francesa: ni inmigrantes, ni radicales de ultraderecha, ni las complejidades sociales del presente tienen cabida en esta postal optimista. Pero tampoco lo pretende. “La orquesta desentonada” quiere emocionar, no provocar. Quiere reconciliar, no polarizar. Y lo hace sin esconder sus intenciones.
Benjamin Lavernhe y Pierre Lottin son creíbles como hermanos, músicos y polos opuestos. El primero, refinado, encantador, un poco snob. El segundo, reservado, pasional y con una dignidad que se defiende sola. Sus diálogos, tensos pero sinceros, construyen una relación que avanza entre silencios, malentendidos y una afinación emocional que se va logrando poco a poco, como cualquier buen ensayo de orquesta.
Emmanuel Courcol dirige con precisión clásica, sin excesos, dejando que la historia respire. Y cuando en el tramo final se permite soltar las riendas y entregarse al sentimentalismo —ese concierto final, ese acto de amor—, lo hace con tal sinceridad que sería mezquino reprochárselo. Puede que no sea cine revolucionario, pero sí es cine que escucha, que abraza, que armoniza.
“La orquesta desentonada” es, en suma, una partitura conocida pero bien interpretada. Una fábula moderna sobre la fraternidad, las oportunidades desiguales y el poder curativo de una melodía. No cambiará el mundo, pero durante dos horas logra que creamos que sí. Y a veces, eso necesitamos. Buena. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
