Stefan Bollmann se atreve con una provocación en forma de título —“Las mujeres que leen son peligrosas”— y cumple: no con un tratado académico ni con una cronología escolar, sino con una especie de paseo ilustrado, culto y gozoso por la iconografía de la lectura femenina a lo largo de siete siglos. El resultado es un museo en papel, una galería de imágenes que conjuga arte, literatura e historia con una tesis tan sugerente como imbatible: cuando una mujer lee, desafía.
La premisa es clara. Leer no es solo un acto privado, sino también político. Especialmente si quien sostiene el libro es una mujer. Durante siglos, el acceso femenino a la lectura fue controlado, temido, reprimido. Y no por casualidad. Porque el libro, en manos de una lectora, se convierte en un artefacto subversivo, capaz de erosionar dogmas, reconfigurar deseos, modificar roles y quebrar las cadenas invisibles de la obediencia. ¿Son peligrosas? No. Lo peligroso es que no lean.
Este no es un ensayo sobre historia de la lectura ni una monografía de arte. Es un híbrido delicioso, una especie de catálogo razonado de cuadros, fotografías y textos que documentan la figura de la mujer lectora desde la Edad Media hasta Marilyn Monroe leyendo a Joyce en bikini (sí, esa foto existe, y sí, está en “Las mujeres que leen son peligrosas”). Cada imagen, cada escena, cada gesto de estas lectoras —ensimismadas, absortas, soñadoras o deseantes— está cargado de una potencia narrativa que desborda lo visual. Porque leer, cualquier libro, no es solo leer: es pensar, es desear, es imaginar otro mundo posible.
La estructura de “Las mujeres que leen son peligrosas” se organiza como una serie de salas temáticas, al estilo de una exposición curada con delicadeza. Desde las “lectoras llenas de gracia” como la Virgen María con su libro de horas, hasta las “lectoras sentimentales” del siglo XIX, atravesadas por la melancolía romántica, y las “lectoras solitarias” del siglo XX, que ya no piden permiso para pensar por sí mismas. En cada sala, el lector-espectador se asoma a un fragmento de historia cultural, marcado por la evolución de los cuerpos, los géneros, los placeres y las libertades.
“Las mujeres que leen son peligrosas” —que funciona como una guía de museo— no se limita a describir cuadros. Introduce contextos, cuestiona prejuicios, enlaza ideas con citas de Vives, Foucault o Adrienne Rich, y al final deja claro que lo verdaderamente peligroso de una mujer que lee es que deja de obedecer. “Las mujeres que leen son peligrosas” es también una denuncia sutil del miedo masculino a la emancipación femenina a través del conocimiento, disfrazado durante siglos de paternalismo médico, moralismo religioso o simple condescendencia cultural.
Pero más allá del discurso político, “Las mujeres que leen son peligrosas” es un canto al placer. Al placer de leer, sí, pero también al de mirar, imaginar, detenerse. Cada imagen es una invitación a la contemplación y cada texto, una caricia al pensamiento. Las lectoras que Stefan Bollmann retrata no solo leen, también se reinventan, se emancipan y, de paso, nos obligan a repensar el poder del libro como detonante de cambio.
Un festín para los ojos, un estímulo para la mente y una celebración del derecho a pensar por cuenta propia. Peligrosas, sí. Por suerte. Y me encantan.
Stefan Bollmann (Düsseldorf, Alemania -1958) estudió filología, teatro, historia y filosofía antes de dedicarse a la literatura. En la actualidad, es uno de los más prestigiosos especialistas en Thomas Mann y compagina sus labores de escritor con las de editor. Afincado en Múnich, se dio a conocer con Las mujeres que leen son peligrosas. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
