Si uno tuviera que elegir una puerta de entrada al universo de Juan Carlos Onetti, “Los adioses” sería, sin duda, la más apropiada. Breve, densa y enigmática, esta novela corta de 1954 es una de esas joyas que caben en un bolsillo pero se expanden en la cabeza durante años. Para muchos —incluido el propio autor—, es su obra más lograda. Una disección de la soledad y la culpa con bisturí literario, donde cada palabra pesa como un silencio.
Juan Carlos Onetti no necesita adornos ni ornamentos: escribe desde un lugar áspero, sin concesiones, donde lo importante no es lo que ocurre, sino lo que se intuye. El relato —construido a partir de un narrador que ni siquiera se nombra— sigue la estancia de un exjugador de baloncesto en un pueblo perdido con sanatorio incluido, ese tipo de lugares donde la vida parece detenerse. El protagonista —otro innombrado— llega enfermo, o quizá derrotado, y despierta la curiosidad del narrador, un almacenero que convierte su rutina en una especie de investigación moral. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué le visitan dos mujeres, una por carta, otra en persona? ¿Qué busca realmente en su aislamiento?
Juan Carlos Onetti hace de la ambigüedad un arte. Todo lo que ocurre en “Los adioses” puede leerse de dos, tres o más maneras. El narrador cree entender, reconstruye, interpreta, pero el lector pronto descubre que lo hace con el mismo grado de certeza que un rumor de cantina. Cuando al final aparece una carta que no llegó a destino, la historia se ilumina (o se oscurece aún más) como si Juan Carlos Onetti nos hubiese tendido una trampa deliciosa. Hay que leer de nuevo, claro; como quien rebobina una película sabiendo ahora que el asesino no era quien creíamos.
El estilo es lo que verdaderamente asombra. Juan Carlos Onetti escribe como quien fuma mirando por la ventana, con frases que parecen simples hasta que se clavan. “Me sonreía, parpadeando, autorizándome a vivir”, dice en un momento, y esa línea basta para entender por qué Mario Vargas Llosa y tantos otros lo consideran un maestro del tono y la mirada. Hay en su prosa algo de Albert Camus, un aire de fatalidad resignada, pero también una ternura oculta, un humanismo disimulado entre la ceniza y la derrota.
“Los adioses” es, además, una lección de economía narrativa. Apenas cien páginas le bastan a Juan Carlos Onetti para hablar de amor, enfermedad, culpa, deseo y dignidad. Su narrador, que no es confiable pero sí hipnótico, nos arrastra a un mundo donde los personajes viven atrapados entre la memoria y la negación. Como dijo Jorge Luis Borges, los buenos libros se agrandan con la relectura; éste, en cambio, parece reescribirse cada vez que uno lo abre.
Leer “Los adioses” es aceptar el juego de un mago que no necesita más que un truco —y ni una costura visible— para convencernos de que el alma humana cabe en un gesto, una carta perdida o una despedida mal entendida. En un mundo de novelas kilométricas, Juan Carlos Onetti demuestra que la verdadera grandeza, a veces, apenas ocupa un puñado de páginas.
Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909- Madrid, 1994) fue un escritor uruguayo, considerado uno de los narradores más importantes de su país y de la literatura hispanoamericana. Precursor de la novela moderna y la literatura existencialista, obtuvo el prestigioso Premio Miguel de Cervantes en 1980 y el Gran Premio Nacional de Literatura de Uruguay en 1985. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
