Hablar de “Melancolía de la resistencia” es internarse en un territorio donde las palabras habituales —protagonista, acción, destino— pierden utilidad. László Krasznahorkai no escribe novelas en el sentido clásico: compone atmósferas. Su lenguaje, seco y casi clínico, finge distancia pero apunta directo al núcleo de lo íntimo: la degradación del cuerpo, la materia que se deshace y vuelve a mezclarse con la de hombres, plantas y animales. Todo empieza, de hecho, con una muerte: la de la señora Pflaum, observada sin patetismo, como si morir fuera apenas otro cambio de estado.
“Melancolía de la resistencia” transcurre en una ciudad sin nombre, un espacio gris y descompuesto que ocupa más lugar que cualquier personaje. Durante más de cuatrocientas páginas no asistimos a grandes gestas ni a transformaciones heroicas. Lo que vemos es una espera viscosa, una sospecha persistente de que algo terrible está a punto de suceder. Peor que la pesadilla es el despertar: aquí abrir los ojos no salva, sino que arroja al lector —y a los personajes— al centro mismo del desastre.
Los habitantes de esta ciudad no actúan, reaccionan. Son sombras empujadas por fuerzas que no controlan, figuras atrapadas en una maquinaria que avanza sin necesidad de un villano visible. El mal no llega con trompetas apocalípticas, sino con basura acumulándose en las calles, trenes que ya casi no pasan y un alumbrado público que deja zonas enteras en penumbra. El juicio final, sugiere László Krasznahorkai, puede presentarse sin estruendo: la humanidad devorada lentamente por su propia mugre.
La llegada de un circo —cuyo atractivo principal es el cadáver de una ballena gigantesca— funciona como símbolo ominoso. No hay risas ni música festiva; solo silencio, hostilidad y una multitud que se congrega sin saber muy bien por qué. La ballena, enorme y muerta, es el centro de una conspiración difusa, más insinuada que explicada, que cataliza el miedo colectivo. Cada habitante intenta “hacer algo”, pero nadie sabe exactamente qué. Frente a lo inminente, toda iniciativa parece inútil.
Tres figuras concentran el eje de “Melancolía de la resistencia”. La señora Eszter, separada de su marido, es una trepadora lúcida y feroz, convencida de que el orden puede imponerse desde arriba. Su lema —“Patio limpio, casa ordenada”— suena a sentido común doméstico, pero anticipa todas las formas posibles de autoritarismo. János Valuska, el hijo de la señora Pflaum, es el “loco” del pueblo: inocente, soñador, obsesionado con el cielo y los cuerpos celestes. Su manera de estar en el mundo es poética y frágil, y por eso mismo resulta intolerable cuando el caos estalla. El tercer vértice es György Eszter, musicólogo desencantado, convencido de que resistir es una farsa y que la única supervivencia posible es interior.
La música es una clave esencial. “Melancolía de la resistencia” puede leerse como una sonata interpretada junto a un cadáver: una estructura lenta, obsesiva, donde la repetición no anestesia sino que profundiza la angustia. László Krasznahorkai escribe con frases larguísimas, párrafos que parecen no querer terminar nunca, como si el punto final fuera una concesión indeseada. Leerlo es agotador y absorbente a la vez: una corriente verbal que arrastra sin permitir descanso.
Ambientada en los últimos años del bloque soviético, “Melancolía de la resistencia” es también una reflexión amarga sobre la ilusión del cambio. La caída de un sistema no garantiza redención alguna. La libertad, parece decir László Krasznahorkai, no se decreta: solo puede buscarse en lo más hondo del individuo, y aun así con resultados dudosos.
“Melancolía de la resistencia” es un libro incómodo, sombrío, hipnótico. No ofrece consuelo ni respuestas claras. Su verdad final es demoledora: vivir como un triunfador puede ser, en realidad, la más amarga de las derrotas. Un descubrimiento perturbador, exigente y memorable.
László Krasznahorkai (Hungría, 1954) es un novelista y guionista húngaro conocido por sus novelas críticamente difíciles y exigentes, a menudo etiquetadas como posmodernas, con temas distópicos y melancólicos. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 2025 «por su obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte»
Varias de sus obras, en particular sus novelas Tango satánico y Melancolía de la resistencia, se han convertido en largometrajes del director de cine húngaro Béla Tarr. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
