Historias Comunes

Ni likes ni aplausos: el juicio final es íntimo

Por Bernat del Ángel.

Hay en la vida una trampa silenciosa, eficaz y perfectamente legal: convencernos de que debemos hacer sentir orgullosos a demasiada gente. Padres, parejas, jefes, hijos, seguidores, vecinos, algoritmos. Vivimos como si estuviéramos en una eterna evaluación pública, mendigando aprobación a destajo. Y sin embargo, si uno rasca un poco la superficie —con uña crítica, no con complacencia—, descubre una verdad incómoda: solo hay dos personas cuyo juicio debería importarnos de verdad. El niño de ocho años que fuimos y el viejo de ochenta que seremos.

El niño de ocho años no sabía nada de estatus ni de currícula ni de éxito bien peinado. No le interesaban los cargos ni los aplausos. Le importaba algo mucho más serio: sentirse a salvo, sentirse vivo. Quería correr sin reloj, reír sin cálculo, hacer preguntas sin miedo al ridículo. Le bastaba con que el corazón le latiera fuerte de alegría. A ese niño no lo movía la ambición; lo movía el asombro. Y el asombro, conviene recordarlo, es una forma primitiva de la felicidad.

Luego crecimos. Y en el proceso —como quien pierde un botón y no se da cuenta hasta años después— fuimos extraviando la brújula. Cambiamos la curiosidad por la prudencia, el juego por la agenda, la intuición por el “qué dirán”. Nos dijeron que había que ser sensatos, productivos, realistas. Y aceptamos el trato. El problema es que nadie nos advirtió del precio: traicionarnos un poco cada día hasta que la traición se vuelve costumbre.

En el otro extremo del camino nos espera el viejo de ochenta años. Ese no será sentimental ni indulgente. Tampoco cruel. Será lúcido, que es peor. No te preguntará cuántos ceros tuvo tu cuenta ni cuántas veces te citaron. No revisará tus errores con saña —a esa edad uno ya sabe que errar era inevitable—. Pero sí hará una auditoría brutal: si viviste con valentía o con miedo, si amaste de verdad o a medio gas, si dijiste lo que tenías que decir cuando aún había tiempo.

Ese viejo no guardará rencor a quienes dudaron de ti. Guardará, en todo caso, memoria de las veces que tú dudaste de ti mismo y te achicaste. Porque el arrepentimiento no suele venir de lo que hicimos mal, sino de lo que no hicimos por cobardía.

Entre esos dos personajes —el niño que soñaba y el anciano que recuerda— estás tú ahora. En tierra de nadie. Atrapado en la presión, en la expectativa ajena, en la supervivencia cotidiana. Cumpliendo horarios, pagando facturas, interpretando papeles. Convencido de que ya llegará el momento de vivir de verdad, cuando todo esté más claro, más estable, más ordenado.

Pamplinas. La vida no se ordena sola. Se decide.

La tragedia contemporánea no es fracasar; es triunfar en una vida que no reconoces como tuya. Es convertirte en alguien respetable pero irreconocible para el niño que fuiste. Es llegar a viejo con una biografía impecable y una conciencia llena de tachaduras.

Vivimos obsesionados con quedar bien hacia afuera y peligrosamente descuidados por dentro. Hacemos malabares para cumplir expectativas ajenas y postergamos lo único verdaderamente urgente: vivir de un modo que no nos dé vergüenza recordar. Porque el tiempo, ese cabrón educado, no avisa cuando deja de conceder prórrogas.

Y aquí conviene decirlo sin eufemismos ni música de fondo: nadie va a aplaudirte al final por haber sido prudente. Nadie te agradecerá haber sido pequeño para no incomodar. Nadie celebrará que no arriesgaste. El balance final es mucho más simple —y más cruel— de lo que nos gusta admitir.

Si el niño de ocho años puede reconocerse en tus actos sin sentirse traicionado, y si el viejo de ochenta puede mirarte sin bajar la mirada, entonces hiciste algo bien.

Todo lo demás —el cargo, el dinero, el aplauso, la validación social— es utilería. Atrezzo. Decorado de cartón piedra.

Porque al final, cuando se apagan las luces y se acaba la función, solo quedan ellos dos. El que soñó y el que recuerda. Y si entre ambos no hay vergüenza, ni silencio incómodo, ni cuentas pendientes, entonces —y solo entonces— podrás decir que viviste. Y bien. PdC.

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