Historias Comunes

Nuestra absurda necesidad de fingir que todo tiene sentido

Por Bernat del Ángel.

Hablemos con franqueza, sin la baba sentimental de los libros de autoayuda ni la solemnidad con la que algunos iluminados convierten cualquier trivialidad en epifanía.

¿Qué pasa con los rituales?

Sí, esos actos repetitivos que van desde botar una pelota como si se conjurara un demonio, hasta ponerse calzones rojos cada Año Nuevo con la esperanza —tan ingenua como humana— de que el amor no se olvide de pasarnos lista.

Tomemos al excelso Rafael Nadal, gladiador moderno, cuyo saque no inicia sin un número específico de botes de pelota, tics compulsivos con los calzoncillos y miradas al infinito más cercanas a la que al deporte. ¿Una manía? ¿Una superstición? Puede. Pero también un intento desesperado por poner orden en un universo que, como todos sabemos, es un auténtico desmadre.

Y no está solo. Ahí está tu tía María oración —todas las familias tienen una— que si no brinda con siete tintineos exactos y tres vueltas de copa en sentido contrarreloj, jura que alguien se va a morir antes del siguiente equinoccio. Nadie le lleva la contraria. No por respeto, sino porque todos sabemos que si no lo hace, la noche no arranca. Y si arranca, es peor.

Porque eso son los rituales: pequeñas farsas reconfortantes que nos hacen creer que tenemos el control. Y vaya que nos hace falta esa ilusión cuando vivimos rodeados de caos, inflación, discursos motivacionales, rupturas amorosas, Reels de autoaceptación y gobiernos que legislan con bastones de poder, chamanes y horóscopos.

Claro que, como toda herramienta humana, los rituales también tienen su reverso tenebroso. Basta un repaso por las guerras religiosas, las novatadas universitarias, o los códigos sociales que dictan quién entra y quién se queda fuera. Porque si tú haces tus cosas de una forma y yo tengo la mía, entonces yo soy civilizado y tú eres un bárbaro. Así empieza todo. Con un gesto, una costumbre, una bandera, y termina en trincheras y campos de batalla.

Y sin embargo, en esta vida cada vez más anestesiada, más veloz y hueca, uno agradece los pequeños gestos con sabor a costumbre. Son como grietas por donde se cuela un poco de magia, de memoria, de humanidad. Como ese pianista legendario, Sviatoslav Richter, que cargaba una langosta de plástico rosa para calmar los nervios antes de salir al escenario. ¿Absurdo? Sí. ¿Delicioso? También. Porque en un mundo donde todo se mide, se optimiza y se monetiza, el gesto gratuito, la rareza sin explicación, es casi un acto de resistencia.

Entonces sí: brindemos por los botes de Nadal, por las copas de tía María, por los cálices, las supersticiones, las corbatas de la suerte, las medias zurdas, los “toques de buena suerte”, los crucifijos escondidos en la guantera y los bailes de lluvia. Por todo lo que nos conecta con el animal primitivo que fuimos, con el niño que cree que si no pisa las líneas de la banqueta, mamá no se muere.

¿Importan los rituales?

Importar, lo que se dice importar… nah.

Pero en un mundo tan jodidamente realista, tan empacado al vacío de la eficiencia, los rituales son la última trinchera de lo poético, lo ilógico, lo humano, lo primigenio, lo mágico.

Y eso, créeme querido homínido, ya es decir mucho. PdC.

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