En la ciencia ficción siempre se agradece al cineasta que arriesga, que juega con ideas grandes y no teme meter las manos en la caja negra del futuro. El problema es cuando el riesgo se queda en concepto y la película se queda sin pulso. Eso le ocurre a Un final diferente, de Piero Messina: un reparto magnífico atrapado en una historia que promete trascendencia pero que se queda suspendida en un limbo gris, como su propia iluminación.
El planteamiento, en papel, es irresistible: una compañía llamada Aeternum te permite hablar una vez más con tus muertos. No con hologramas ni grabaciones, sino alojando su conciencia en el cuerpo de un anfitrión vivo. Un truco emocional tan perturbador como brillante… y también, como descubre la propia película, tremendamente mala idea.
Sal, interpretado por un contenido y mustio Gael García Bernal, está hecho trizas tras perder a su novia Zoe. Su hermana Ebe (Bérénice Bejo), empleada de Aeternum y quizá el corazón más auténtico del filme, le ofrece esa última conversación que todos quisiéramos y ninguno deberíamos tener. La conciencia de Zoe vuelve, sí, pero lo hace dentro del cuerpo de Ava, una bailarina nocturna interpretada por Renate Reinsve, que carga con su propia historia de heridas e invisibilidades.
Lo que podría haber sido un elegante duelo emocional termina convertido en un laberinto narrativo. Piero Messina y sus coescritores dedican tanta energía a explicar el mecanismo tecnológico —cómo se cargan memorias, qué sienten los hosts, qué pasa con su identidad— que olvidan desarrollar a quienes deberían mover la historia: los vivos. La relación entre Sal y “Zoe” avanza a trompicones, siempre encerrada en el departamento y sin química suficiente para sostener la tensión emocional que el filme exige. La dinámica es tan fría y borrosa que uno duda si realmente alguna vez estuvieron enamorados.
Ava, por su parte, es presentada con un par de rasgos y nada más. Existe como dispositivo dramático, no como persona, y se nota. Un final diferente insinúa un universo moralmente complejo —la explotación de cuerpos, el duelo como negocio, la memoria como territorio ajeno— pero no lo desarrolla. Como si tuviera miedo de explorar su propio monstruo.
Curiosamente, donde Un final diferente respira es en los momentos de Sal con su hermana. Bérénice Bejo aporta humanidad, desgarro, cansancio, y cuando sus decisiones sostienen el gran giro final… la película revela su talón de Aquiles: no pasamos suficiente tiempo con ella para que el clímax cale. El twist quiere ser de esos que te obligan a volver a ver la película para “ver lo que te perdiste”, pero aquí no hay nada escondido; solo ausencia.
El tono visual —oscurísimo, nublado, casi pandémico— acompaña el estado emocional del protagonista, pero la estética devora a la trama. Un final diferente se mira tanto al espejo que olvida hablar con el espectador.
Un final diferente quiere ser reflexión y termina siendo niebla. Una obra con alma… pero sin cuerpo narrativo. Y ya lo sabemos: sin cuerpo, no hay resurrección posible. Jamás. Regular. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
