El universo de DC necesitaba una sacudida, y James Gunn lo sabía. Por eso no vino a contar el origen de “Superman” otra vez —que si el planeta Krypton, que si los Kent, que si los lentes—, sino a recordarnos por qué el último hijo de Krypton sigue siendo uno de los superhéroes más entrañables. Y sí, también trajo a Krypto, un perro blanco, leal y desquiciado que se roba la película cada vez que aparece en pantalla.
David Corenswet encarna a un Clark Kent que ya está instalado en Metropolis, no como novato, sino como héroe bajo fuego mediático, víctima de la propaganda de un Lex Luthor (Nicholas Hoult, solvente pero sin llegar al nivel de un villano legendario. La verdad.) que mezcla negocios turbios con ambiciones geopolíticas. James Gunn se las arregla para lanzar a “Superman” en una historia con múltiples frentes: conflictos internacionales, dilemas éticos en el periodismo, tensiones con otros superhéroes, y un robot llamado Ultraman que huele a pelea desde su primera aparición.
Sí, hay muchas subtramas. Algunas se ensamblan mejor que otras. El trío de la Justice Gang (Green Lantern, Hawkgirl y Mr. Terrific) aporta tanto fricción como comedia, especialmente gracias a la interpretación precisa y elegante de Edi Gathegi como Mr. Terrific. Otros, como Nathan Fillion en un Linterna Verde más patoso que heroico, están ahí más para reírse del personaje que con él.
Pero donde “Superman” brilla es en el corazón del relato: la humanidad de Superman. No el dios invulnerable, sino el hombre criado en Kansas, herido emocional y físicamente, buscando consejo en sus padres adoptivos, confundido sobre su lugar en el mundo. James Gunn sabe que “Superman” no es interesante por lo que puede levantar o volar, sino por lo que siente. Y ahí, Superman encuentra su alma.
Rachel Brosnahan es una Lois Lane creíble, con carácter y conflictos propios, aunque la chispa romántica con Clark nunca termina de incendiar. La relación funciona más como respeto mutuo que como pasión desbordada. Aun así, hay escenas donde el guion permite explorar lo complicado que es amar a alguien cuando también estás escribiendo sobre él para millones de lectores.
Krypto, el perro superpoderoso, es la cereza del pastel. No habla, no razona, no salva el mundo con discursos épicos. Solo es un animal impulsivo y adorable que añade calidez, humor y, por momentos, caos. Es la prueba de que James Gunn entiende que a veces un superhéroe necesita algo más que una capa para conectar con el público.
Las secuencias de acción son espectaculares, sin saturar. Hay destrucción, claro, pero también ritmo, claridad y momentos de pura diversión. El tono oscila con soltura entre lo serio y lo absurdo, y hay guiños meta al propio universo DC que se agradecen. Los cameos son breves, efectivos y no distraen.
“Superman” (2025) no reinventa el género, pero sí lo refresca con calidez, humor y un toque de crítica social bien dosificada. James Gunn ha devuelto el corazón al héroe más noble de los cómics. Y lo ha hecho volar, por fin, con dirección y propósito. Estupenda. Imperdible. PdC.
Crítica de Antelmo Villa.
