Hay algo en los pingüinos que el cine no puede soltar. No vuelan, no cantan como los canarios, pero vaya que arrastran taquilla. “Lecciones de un pingüino, basada en las memorias de Tom Michell, vuelve a probar esta fórmula con Steve Coogan al frente y un pingüino (sí, otro más) como coprotagonista emocional. ¿Funciona? Depende de si esperas una comedia tierna o un drama histórico con fondo político. Porque esto intenta ser ambas cosas… y ahí es donde tambalea.

Lecciones de un pingüino arranca en los años 70. Tom Michell (Steve Coogan), un profesor británico quemado con la vida, llega a un internado en Argentina buscando aire y rutina. Pero la vida, claro, tiene otros planes: un viaje a Uruguay, una cita, un pingüino cubierto de petróleo, un rescate improvisado… y voilà: nace una insólita amistad entre hombre y ave. Michell lo llama Juan Salvador, lo esconde en su equipaje y lo convierte en mascota escolar. A partir de ahí, Tom empieza a conectar con sus alumnos, con sus colegas y, en medio del caos político argentino, con su humanidad perdida.

Lecciones de un pingüino se sostiene, principalmente, por la química entre Steve Coogan y su plumífero compañero. El actor británico regresa al drama con su habitual tono seco y sarcástico, pero deja ver una calidez creciente que no empalaga. Jonathan Pryce le aporta rigidez y humor como director del colegio, y Vivian El Jaber da una interpretación poderosa como ama de llaves cuya nieta ha desaparecido, víctima de la represión militar. Ella y su dolor silencioso son, sin duda, el corazón real del relato.

El problema es que Lecciones de un pingüino no logra afinar su tono. Lo que se vendió como una comedia “feel-good” con toques de La sociedad de los poetas muertos se convierte, por momentos, en una película sobre desapariciones forzadas, dictaduras militares y una sociedad rota. Es un vaivén emocional que desconcierta. Pasamos de escenas donde el pingüino inspira a los estudiantes con su sola presencia, a momentos donde las madres de Plaza de Mayo claman justicia en las calles. Una cosa no cancela a la otra, pero la costura entre ambas es visible, brusca, desigual.

Y no es que falte intención. La dirección de Peter Cattaneo (The Full Monty) intenta replicar aquel equilibrio entre lo tierno y lo político, pero aquí la gravedad histórica exige más profundidad de la que el guion se atreve a tocar. Las subtramas —como el viaje con el colega sueco o las charlas existencialistas con el ave— se sienten livianas al lado de una tragedia nacional que late de fondo sin explotar del todo.

¿Es una mala película? Para nada. Es emotiva, visualmente cuidada y con escenas que acarician el alma. El momento final, con imágenes reales del pingüino nadando en la piscina de la escuela, arranca lágrimas sin pedir permiso. Pero uno no puede evitar pensar que Lecciones de un pingüino tenía material para dos películas distintas… y en su afán por unirlas, terminó quedándose a medio camino en ambas. Regular. Prescindible. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

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