Hay libros que no se gritan, se susurran. “Las gratitudes” es uno de ellos. Es una historia breve, delicada, mínima en su estructura, pero con un eco largo en la memoria del lector. No tiene giros inesperados, ni personajes grandilocuentes, ni diálogos afilados: tiene algo mucho más difícil de lograr en la narrativa contemporánea —sencillez sin superficialidad, ternura sin cursilería y una verdad emocional que nos atraviesa como un dardo en silencio—. A todos.
La protagonista, Michka, es una anciana sin familia que comienza a perder el lenguaje. Literalmente. Las palabras se le escapan, se enredan, se equivocan. Y con ellas, lo que más le importa: la posibilidad de agradecer. De dar las gracias a quienes, en un momento crucial de su vida, le tendieron la mano. Esa deuda moral que no es jurídica ni exigible, pero que pesa como una piedra en el pecho. Ahí arranca la trama, o más bien el murmullo narrativo, acompañado por dos personajes que actúan como testigos y acompañantes: Marie, casi una hija sin sangre, y Jérôme, un logopeda que más que corregir, escucha.
Delphine de Vigan —como ya hiciera en Las lealtades— apuesta por lo esencial. Dos narradores, una línea temporal sin alardes, y un puñado de escenas que podrían convertirse sin esfuerzo en teatro íntimo. Todo lo accesorio está despojado. Aquí lo que importa es lo que no se dice, o lo que apenas se alcanza a balbucear. Delphine de Vigan no necesita páginas para conmover: le basta con una mirada, un vértigo, una palabra mal dicha en el momento justo.
Pero lo interesante no está solo en el deterioro físico, sino en lo que revela. El lenguaje no es solo herramienta de comunicación: es identidad, es memoria, es historia. Perderlo es una forma de irse. Y por eso “Las gratitudes” no es un libro sobre la vejez, sino sobre la pérdida. De palabras, de cuerpos, de vínculos, de oportunidades para decir “gracias” cuando todavía se puede.
No falta el humor sutil, el comentario tierno, los momentos en que uno sonríe sin querer. Pero también hay lágrimas, esas que no se buscan pero llegan solas. Porque “Las gratitudes” no consuela, no maquilla la muerte ni embellece la soledad. La expone. Y al hacerlo, nos obliga a mirar el vacío que dejamos cuando no estamos atentos a quienes se van apagando. O peor: cuando nunca aprendimos a dar las gracias a tiempo.
Tal vez “Las gratitudes” podría parecer más un relato largo que una novela tradicional. Que hay pocos personajes, que todo es previsible desde el inicio. Pero eso sería como criticar una pieza de cámara por no sonar como una sinfonía. “Las gratitudes” no busca sorprender, sino acompañar. Y en eso es una joya.
Delphine de Vigan nos recuerda que decir “gracias” no es un acto trivial. Es un gesto de humanidad. Y este libro, tan pequeño como poderoso, es una invitación a no olvidar eso nunca. Léelo. Y luego llama a esa persona a la que aún no se lo has dicho.
Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) es una escritora, guionista y directora francesa. En 2011, su novela Nada se opone a la noche, en la que narra la historia de su propia familia haciendo frente al desorden bipolar que afronta su madre, ganó una serie de premios literarios franceses, incluyendo el Prix du Roman Fnac, el Prix Roman France Télévisions y el Prix Renaudot des Lycéens. PdC.
Escrito por B. Del Ángel.
