Treinta años después de que Jurassic Park nos volara la cabeza con sus dinosaurios realistas y su advertencia sobre jugar a ser Dios, “Jurassic World: El renacer” llega como un eco desganado, una resaca corporativa que mezcla monstruos prehistóricos, reflexiones a medias y Scarlett Johansson armada hasta los dientes. Y, sin embargo, algo te hace seguir mirando. Tal vez sea por pura inercia o porque, admitámoslo, los dinosaurios siguen teniendo ese qué sé yo.

Jurassic World: El renacer no arranca mal: científicos jugando a Frankenstein cruzan ADN para crear un engendro con vibes del Rancor de El regreso del Jedi, apelando sin vergüenza al síndrome de nostalgia galopante. Pero lo que podría ser un comentario mordaz sobre nuestra cultura de refritos se queda, tristemente, en decorado. Como el resto del film.

La historia se divide en dos líneas: por un lado, Zora Bennett (Scarlett Johansson en modo Tomb Raider existencial) lidera una misión suicida para recolectar muestras de ADN de tres criaturas monstruosas por encargo de un farmacéutico sin alma llamado Krebs (Rupert Friend, que interpreta a la caricatura de un capitalista con sonrisa de tiburón y moral de paté). La excusa: curar enfermedades cardíacas. El subtexto: que todo, hasta los dinosaurios, es negociable si hay acciones en juego.

Del otro lado, un padre abnegado (Manuel Garcia-Rulfo) y sus hijas, acompañadas de un novio flácido, naufragan en una isla plagada de dientes, garras y clichés. Entre gritos, huidas y reconciliaciones familiares apresuradas, el guion se esfuerza en darte drama emocional de microondas y un sustito cada tanto. No molesta, pero tampoco deja huella.

David Koepp, guionista del Mundo perdido original, regresa a la franquicia con una pluma que alguna vez fue afilada pero aquí está en piloto automático. A lo largo de Jurassic World: El renacer, hay destellos de inteligencia que podrían haber elevado la propuesta: chistes meta sobre la desensibilización colectiva, guiños a la franquicia, algún comentario fugaz sobre cómo la humanidad ya ni se inmuta ante un dinosaurio enfermo en Manhattan. Pero ninguno de estos hilos se toma en serio ni se lleva a su desenlace lógico.

Mahershala Ali, en el rol del sufrido Duncan, aporta dignidad a una historia que no se la merece. Scarlett Johansson, por su parte, hace lo que puede con un personaje lleno de trauma exprés y motivaciones de manual. El resto del elenco corre, grita o mira al cielo con asombro prefabricado. Los dinosaurios, eso sí, lucen impecables. Pero tanta perfección digital resulta vacía cuando no se tiene nada nuevo que decir.

Al final, Jurassic World: El renacer no es un desastre como su predecesora (Dominación), pero tampoco un renacimiento. Es una película que quiere ser crítica y comercial al mismo tiempo, que coquetea con el comentario social pero se asusta antes del beso. Y que, pese a su músculo visual y reparto de lujo, termina sintiéndose como un paseo temático con CGI y moraleja reciclada: el capitalismo es malo, los dinosaurios son cool, y sí, otra secuela viene en camino. Avisado estás. PdC.

Crítica de Antelmo Villa.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Te puede gustar